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El curioso caso de Benjamin Franklin y los libros de autoayud@:
¿A predicar con el ejemplo?
por Delfina Morganti
AH, Sí, YA SÉ. ¿Libros de autoayuda, dijiste? Qué te puedo decir… “Apuesto a que menos de la
mitad de los autores que escriben esta clase de libros cumple con los preceptos
y virtudes que en sus mismos libros recomiendo”. Stop. Fin de cita; cita vieja, cita propia.
Hay muchos, hoy en día, que por un motivo u otro optan por
confiar sus almas a los denominados libros "de autoayuda”. Otros, muy a pesar
de su presente, se muestran escépticos, ridiculizan todo concepto que incluya
el prefijo "auto-" y constituyen esa clase de lectores que, con un
cierto dejo de desprecio y orgullo, le da vuelta la cara a aquel estante de
librería que luce la etiqueta "AUTOAYUDA – ESPIRITUALIDAD”. (P.D: Me costó usar la tercera persona para esta última afirmación, en vez del nosotros inclusivo).
Para aquellos lectores prejuiciosos, términos como “programa de autosuperación” o “reprogramación
moral” pueden invitar a la mirada de soslayo, a un involuntario frunce del ceño, a la carcajada
burlona y altisonante. Sin embargo, no vamos a negar que las palabras "reprogramación moral" tienen su atractivo.
¿Cómo es eso de la “autosuperación”? ¿Una estrategia más de venta, el souvenir que acompaña las fórmulas de
felicidad plena o, por otro lado, una auténtica promesa de que, si “así lo
deseo, puedo llegar a cambiar”? En
fin, si Benjamin Franklin lo hizo,
el “yo también” puedo” le vendrá a usted, lector como anillo al dedo.
Cambio
de hábito. “Parece
absurdo afirmar que Benjamin Franklin haya sido el padre del género de
autoayuda en los Estados Unidos— por lo menos de la rama más dura— pero es
irrefutablemente así”, advierte el periodista Andrés Hax en su frase de apertura de “Benjamin Franklin, el precursor” (Revista Ñ, 15-02-13).
Al parecer, el político estadounidense no solo fue el
precursor de la filosofía de la autosuperación sino que, además, aun constituye
en la actualidad un auténtico ejemplo de autodidacta. Tal como lo parafrasea
Hax en su nota, el método franklineano consiste en armar una "grilla con
las virtudes en el eje vertical y los días de la semana en el horizontal". En el marco de un disciplinado seguimiento de su propia conducta, al terminar el día día, Franklin colocaba una marquita correspondiente a cada una
de sus faltas según la categoría, concentrándose en una sola virtud a alcanzar por
semana. Este riguroso método de notación científica parece haber ayudado a
Franklin a superar la crisis personal que, a su vez, lo había iniciado en la necesidad de desarrollar un mecanismo de autodefensa eficiente.
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Intento de la autora de esta nota de representar la grilla de Franklin, según paráfrasis de A. Hax. |
En efecto, luego de leer esta maravillosa historia de un
nadador que por poco se ahogaba y, no obstante, pudo salir a flote por sus
propios medios, sin salvavidas auxiliar sino reuniendo sus últimas fuerzas
físicas y emocionales para llegar a la superficie, ¿quién dudaría en tirarse a
la pileta a ver qué ocurre?
Formación Ética Aplicada I: ¿el camino al éxito emocional? Hax es justo; hacia el final de su
artículo no deja de señalar que “el elemento clave siempre es el reconocimiento
de que estamos hechos por nuestros hábitos” y, lo que es más importante
todavía, si aspiramos a “cambiar lo que somos, lo que tenemos que hacer es
cambiar lo que hacemos". Hasta suena poético.
“Easier said than done, doc”, rebate Pat, el personaje
interpretado por Bradley Cooper en “El Lado Luminoso de la Vida” (Silver Linings Playbook, 2012),
en conversación con su psiquiatra. En efecto, del dicho al hecho puede haber
un largo camino por recorrer. Pero, recordemos la premisa general de esta nota:
si el político estadounidense logró hacerlo…
A simple vista, el régimen moral de Benjamin Franklin podría parecer
sencillo de implementar. Basta con visualizar los propios defectos, esquematizar
un cuadro de doble entrada, planificar las faltas a erradicar y,
¡voilá! Si usted sigue este plan
dentro de los próximos cinco minutos —perdón, quise decir, tres meses—, al cabo
de un trimestre habrá conseguido no solo renovar su carácter sino, además, un
entorno feliz de regalo. “Pero..." ¡Sh! Y si llama dentro de los próximos cinco
minutos (ahora sí), le regalaremos "Emociones Tóxicas" de
Bernardo Stamateas. "¿Pero y si no fun...?” Y también le
obsequiaremos la pista fantasmagórica Toxic, de la reconocida cantante
estadounidense Britney Spears. ¡Por favor! ¿Y si en realidad no necesitáramos
un método o un libro que nos diga cómo hacerlo, cómo ser mejores personas? ¡Ajá! Pero, y si… ¿sí lo
necesitara? "Lo dudo". Entonces... Pruébelo usted mismo.
El lado
oscuro de la propuesta. “Quien compra textos de Jorge Bucay, Pilar Sordo o Bernardo Stamateas
[…] busca soluciones, no interrogantes", reza un final de párrafo de “Autoayuda,un género que se supera a sí mismo", artículo firmado por Marcos Mayer
para Ñ digital, fechado el 15-02-13.
Muy bien, nos encontramos aquí fuera de las fronteras de un libro de autoayuda de los autores antes mencionados. Así que propongo ir
por las laderas de esa montaña cuya cima culmina en la solución a todos
nuestros problemas y, ahora, ¡a plantear los interrogantes se ha dicho!
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El actor Bradley Cooper en la piel de Pat Solitano, paciente con trastorno bipolar, en diálogo con su terapeuta. |
Es verdad, según dicen, a Franklin le calzó perfecto su
método de reprogramación moral. No obstante, pretender distribuir
equitativamente el éxito de su método a toda una población, o a más de media
sociedad, podría resultar ambicioso. Es decir, hay dos cuestiones primordiales
que se nos están escapando si es que solo atinamos a ver el lado luminoso de su grilla mágica.
Primero, Franklin desarrolló su propio método a fuerza de las circunstancias—
no leyó sobre Benjamín Franklin, el político estadounidense que alcanzó la
autosuperación, y luego intentó ver si podía ejecutarlo él mismo, como sí estamos haciéndolo nosotros. Segundo, en un método tan
rigurosamente empírico resulta que la figura del sujeto científico coincide con
la del objeto de estudio: el hombre trabaja bajo la estricta vigilancia del hombre, el hombre que actúa es el hombre que sanciona. Se trata de la misma persona que
busca identificar sus fallas para, él mismo, recriminárselas y luego emprender la conquista de las virtudes que le andan faltando. Insisto,
nadie niega que a Franklin le haya funcionado muy bien, pero, ¿y a los demás?
¿Estamos todos igualmente preparados para sentenciarnos al cambio automonitoreado? ¿Estamos todos igual de predispuestos a confiar
en nuestro propio juicio y ejercer control genuino sobre nuestros propios actos?
Incluso si así fuera, si uno estuviera listo y convencido de que
puede ser relativamente objetivo desde la propia subjetividad, ¿por cuánto
tiempo se haría sostenible un método tan riguroso? ¿Cuánto tiempo resistirían nuestra conciencia y nuestro ego la penitencia autoimpuesta, el autocastigo, la
insoslayable búsqueda de un mejor ser?
Reiteración de tesis: Franklin no corrió en busca de ningún
agente externo que le presentara las respuestas a su crisis. Desde el comienzo hurgueteó
en sus adentros, se sirvió de su lógica y de las técnicas comteanas
positivistas porque se miró al espejo y, sin titubear, habrá dicho,
“Sí, estoy dispuesto a desafiarme, a probarme a mí mismo que puedo ser mejor
que yo". Allí hay autodeterminación incluso antes de diagramar un cuadro
de virtudes y defectos, del mal y el bien que nos habita. No quiero ser
aguafiestas, pero los demás estamos, en parte, un tanto en desventaja con respecto a él: si intentáramos el método de Franklin, lo haríamos bajo la influencia de habernos
informado al respecto, de haber dicho “Y bueh, ¿qué más podría perder?". Ese toque del hacer “por iniciativa
propia” quedaría, por defecto, fuera de nuestro emprendimiento de reprogramación
moral. Y quizás fue precisamente gracias a su esencia autodidacta que este hombre logró lo que se propuso; en suma, él contaba con algo que a muchos les costará tiempo de trabajo previo incorporar.
Usuarios
del método. Benjamin
Franklin —a quien no tuve la oportunidad de conocer— debió ser un tipo, como
diríamos vulgarmente, con los h———— bien puestos, más cerca de estar en sus
cabales que lejos del ideal de mens sana in corpore sano. No debe ser tan fácil, aun teniendo la tablita frente a
los ojos, apuntar registro de aquella parte de nosotros que más nos
disgusta, día tras día, con la esperanza y el esmero de pulir las sobras
negativas.
Con todo, visualizo dos posibles extremos de potenciales usuarios del citado método, aunque en el medio quizá haya un par de grises. Por un lado,
aquellos cuya autoestima no se encuentre precisamente en lo más alto de lo alto
podrían estancarse en una racha de negatividad. En otras palabras, si uno apunta
diariamente sus faltas, las tiene en la mira y tan al alcance de la mano, puede
que se detenga a pensar que ya de entrada son demasiadas, y que el, “¡Oh, por
Dios! Jamás lograré sacarme bueno de esta”, invada y perturbe, y finalmente
obstruya, siquiera el comienzo de la puesta en práctica de la autosuperación.
Para quienes duden de sí, quizás sea útil pronosticar para atrás con lo
siguiente: si Franklin pudo, es porque se dio con ese látigo de entrada. "En su autobiografía cuenta que al comenzar con este plan se sorprendió al ver que tenía muchas más faltas de lo que se imaginaba, pero que –por otro lado– le dio satisfacción ver cómo iban disminuyendo con el tiempo", dice Hax. ¿Y bien? Franklin tuvo la
lucidez de identificar cuáles eran realmente sus faltas y cuáles quería cambiar
por virtudes. Después de las heridas que semejante reconocimiento de sí infringe al propio ego y a la conciencia, el tipo se
levantó y tuvo la valentía de volver a apostar a sí mismo, a creerse, lo cual lo ayudó a recomponerse sobre la marcha.
Ahora bien, si hay en el mundo personas a las que les
aterra la idea de asumir la responsabilidad de la autovigilanacia, ya sea por
falta de confianza en sí mismas, carencia de cojones, disciplina o lo que fuera, estoy segura
de que aquellos que se creyeran demasiado “casi ángeles” también se sentirían impedidos a la hora de poner
en práctica semejante plan.
“¿Por qué cambiar si así estoy bien y no jorobo a nadie? o “Si de verdad me quiere, que me quiera como soy" o "No veo nada de
malo en ser un poquito orgulloso; eso es lo único que les infunde respeto hacia
mi persona" suelen ser los típicos pensamientos de los que consideran
absurda la sola idea de intentar un
cambio, precisamente, porque en realidad “no lo necesitan”.
Para alcanzar una meta, como lo hizo Franklin, hay que estar
dispuesto a autoimponérsela primero, a añorar realmente siquiera intentar llevar a
cabo un plan de búsqueda que sí, es verdad, a veces termina en el fracaso, pero a lo mejor nos conduce a lo opuesto. Por
más que armemos la grilla más coqueta, si en los hechos no ponemos en práctica
la ambición de ser mejores personas, ¿de qué nos serviría el registro meticuloso
de nuestros más inmorales actos?
Sobre
el potencial efecto “rebote”. Eso sí, no nos engañemos. Por otra parte, es probable que muchos de nosotros necesitemos el cambio. No hace falta ser un criminal
para precisar la autosuperación. No soy psicóloga, no intento serlo, pero pienso lo siguiente: ¿Y si
una vez emprendido, nuestro método se volviera en nuestra contra? ¿Si se
tornara nocivo para la propia conciencia exigirnos por escrito —¡y por adelantado!— las virtudes a adoptar en reemplazo de nuestros defectos? En ese caso, estaríamos solos, al
igual que al principio del juego: no habría salidas de emergencia, ni lásers que detectaran que, a pesar de
las buenas intenciones, la grilla nos está empezando a mostrar más de lo que estábamos listos para ver . ¿Y si terminamos haciéndonos mala sangre, frustrándonos antes de empezar o en el
medio del camino, sintiéndonos peor de lo que nos sentíamos antes de iniciar la transformación?
“¿Es que acaso no bastan las moralejas de las fábulas que
les contamos a nuestros hijos, los terapeutas con sus ingeniosas preguntas
retóricas, el decálogo de las sagradas escrituras, la confesión dominical?”
podría reprochar un rebelde (¿con/sin?) causa. Muchas personas pensarán que
Franklin estaba obsesionado con buscar la perfección, que por eso tuvo la necesidad de proyectar en
papel la idea de una versión mejorada de sí mismo. Al mismo tiempo, la desconfianza es inevitable: ¿se
puede creer en uno mismo a la hora de refaccionar el propio ser?
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El personaje de Tom Cruise se debate entre seguir viviendo en
un mundo perfecto pero falso o bien retornar a la cruda realidad.
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Lo confieso, releo mis líneas y noto que por muy poco no peco
de escéptica, aunque definitivamente sí de relativista. Como Max Weber cuando
intentó buscarle otra vuelta de tuerca a la tradición positivista legada por sus colegas Auguste Comte y Émile Durkheim, mi nota está al borde de morderse
la cola; al escribirla me siento atrapada en un círculo vicioso. Pero lo
advertí, aquí, a diferencia de los libros de autoayuda, se busca plantear algunos interrogantes. Quisiera tener fórmulas mágicas en oferta, pero si así fuera, no
estaría escribiendo tanto sobre este tema, queridos lectores. Antes bien ya me encontraría disfrutando de algo así como my perfect second life, al igual que el personaje de Tom Cruise en "Vanilla Sky". ¡Y eso que nunca
pensé que tendría tanto para reflexionar acerca de los libros de autoayuda!
Un momento, todavía puedo salvar este artículo…
¿No nos
pasa lo mismo con las agendas? ¿No existe gente que, como yo, se apunta más de
lo que las veinticuatro horas del día le permitirán hacer? Hay que reconocerlo, Franklin fue más
realista: fijarse metas a corto plazo, concentrarse en una virtud cada siete
días. Hm... No estaría mal. Lo que uno no logra hoy, esas faltas que hoy comete,
podrían corregirse mañana. Y así la sensación de haber obrado mal, sin querer o
queriendo, no sería tan pronunciada. Hm... Lo estoy volviendo a pensar.
No lo sé, si vamos a entrar en guerra contra nuestro propio
yo, propongo que lo acribillemos desde todos los ángulos posibles, o casi. En
los tiempos que corren, la grilla de autosuperación de Franklin parece
necesitar de artillería pesada para complementarla, a saber:
*Una equilibrada rutina de ejercitación
física —preferentemente boxeo o yoga— suena como una meta factible en conjunto
con la práctica de los buenos hábitos diarios. El boxeo nos permitiría golpear sin golpearnos
directamente a nosotros mismos, y así descargar la ira contra nuestras faltas
al tiempo que liberamos la dosis de endorfinas justa sin llegar a lastimarnos; el
yoga, con un poco de musiquita a lo Enya de
fondo, nos restituiría la paz, la confianza, las ganas de seguir adelante con
nuestro plan. Los efectos de la introspección, la meditación consciente y la
respiración in, out, in, out podrían hacer maravillas por un ego que, al final de una desgastante
jornada de autosuperación, necesitara relajarse un poco.
*Un confidente o, en su defecto, un
cuaderno en rol de pseudo-diario íntimo. Los quitapesares y esa clase de anotadores que están tan de moda hoy en día podrían resultar
útiles para los que no pudiéramos contar con un confidente verdaderamente leal
y serio, de carne y hueso.
*Un entorno que valore y reconozca
nuestro progreso.
Si no vamos a autopremiarnos con bombones de chocolate cada vez que las cosas nos salgan según lo planeado, entonces, por lo menos, hay que exigir que venga alguno a ofrecernos cumplidos del estilo, “Pero qué
agradable te has vuelto, Juancito”. Y en ese tono, como en las novelas y las películas dobladas.
Ya sé, ya sé… No puedo dejar de relativizar el método que,
por otro lado, ya casi me está convenciendo. A lo mejor, simplemente soy de
esos que fallan a priori porque les
cuesta creer que lo necesitan— ¡qué horrible! Si es así, estoy perdida. El
régimen de Benjamin Franklin es para los que saben ponerse en la balanza y calcular bien
los defectos que ya les quedan de más. ¿Podré yo hacer eso? A ver… En mi haber cuento, entre otros muchos:
egoísmo, impaciencia, vanidad… Y, si lo pienso rápidamente, lo que quisiera adquirir en su lugar es: generosidad, templanza,
autorelegción… Hm... ¡Cómo cuesta! Mejor dejo de escribir y me pongo a armar la grilla. Franklin
no hará nada por los que se quedan de brazos cruzados o, peor aun, los que usan las manos para escribir de todo menos un plan de reprogramación moral. En fin, ¿qué más da? Grilla de virtudes y defectos, ¡¿allá voy?! ◘ ◘ ◘