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05 septiembre 2013

Time is Money

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INCURSIONES IV


Acerca de cómo perder la reputación 
de bien hablado en un solo escrito. 
¡LEA YA!
Time is Money
 Por el hermano mayor de *Pepe BONDI*

Que no le gusta y no le gusta, es así. Anda diciendo por ahí que yo la maltrato, que hago pin, pin, pin, pin todo el tiempo, que la maltrato por todos los costados, que ni tratarla puedo, dice, qué se yo. Después me sale con que no, que espere, que hay que esperar, espere un cacho más, me muestra el relojito, como diciendo, “Esperá, querés, esperá, ya te voy a dar lo que querés, vos”. Y yo le creo, a veces creo en eso de darse un tiempo, viste, en distanciarnos un par de veces al día para aguantarnos mejor, qué se yo, esas boludeces que se dicen por ahí y vos las creés, viste, y las ponés en práctica.

Pero te digo, yo así no puedo más. A mí me mata la espera con esta. ¿Cuánto más hay que esperar, nena? ¿Cuánto más querés que te espere, eh? ¡Me ponés loco, querida, dejáte de joder! ¿Y qué se supone que haga mientras te espero, con tanto trabajo que tengo y vos que nunca me ayudás? Claro, ella es como que tiene todo el tiempo del mundo, viste, ni noción del tiempo tiene ya. Labura cuando se le canta, después cuando se le apagan todas las luces agarra y se tira a dormir, hace de las suyas, nadie la jode. ¡Qué vida, nena, qué vida, quién pudiera!

Pero no es así, eh. Así no va más la cosa. O usted se comporta o yo me busco otra, le dije. Y sí, otra, así de fácil. Otra más rapidita, viste, eso es fundamental, y que se sepa querer, bueh, eso de que se sepa querer... Nadie es irremplazable. ¿O usté qué piensa, que la voy a esperar toda la vida yo? Por favor, estamos grandes para estas cosas.

¿Ah, sí? ¿Y a mí de qué me sirve que me digas que va todo por buen camino, que me hables de porcentajes, me cuentes estadísticas, me cambies el colorcito, me muestres un puto reloj del orto? Esto no es una cuestión de números, sabés, nena. Es cuestión de paciencia, y en este momento la paciencia ya no va más, pasó, mi vida, bien lejos quedó. Yo ya esperé bastante, no me jodas más y punto, me entendés.

Es que las cosas no funcionan así, vos no podés hacer conmigo lo que quieras, entendés. ¡Y porque ya te aguanté bastantes! Yo también tengo mis cosas, viste, mi voluntad, mis tiempos, como te gusta llamarlos cada vez que te saco el tema, loca. ¡Ja, ¿y ahora me mirás con esa cara de boluda tildada, no te importa nada? Perdón, perdón, ¿otra vez el reloj? ¿Ese reloj de mierda? ¡Pero si me tenés re podrido, nena! ¡Es para pelarte todos los cables y tirarte a la basura a vos! Como le hice a la radio esa del viejo, ¿sabés lo que le hice a la radio del viejo, vos? No, qué vas a saber vos, vos ni sabés lo que significa la palabra radio, claaaaaa. Si vos sos de otra generación, ay, ella, ella. Para qué me habré metido con vos, Dios mío, si sos una estúpida que te hacés la que sabés todo, la que tenés siempre la solución y mirá, mirá, estás siempre a tono con todo y para qué, ¡no se te puede decir nada porque no entendés, nada, nada, nada! ¿Sabés lo que haría yo con vos? Dejáme, perá, pará un cahco, dejáme hablar a mí alguna vez, querida… ¿Sabés lo que haría yo con vos? ¿Eh? Tironearte las gambas, eso haría, mirá, asííííí, y sacudirte con todo lo que traés adentro, a ver si eso te gusta, a ver, a ver, ¡ajá! ¿Qué te pasa que me hacés luces con los faroles como si fuera Navidá, eh? ¿Estás llorando, tenés miedo? ¿Pero qué le echás la culpa a la conexión, andá, acá nunca hubo conexión entre vos y yo, nena, entendés? Nunca. Y ahora, ja, ahora bancáte esta si podés, que te destrozo el cuello, sí, el cuello, ahhhh, a ver qué cara me ponés cuando te quedes sin cara, ¡ja! Y ahora esto es lo que haría yo con vos, ves, así, y te agarrrrraría esa cabeza de caja boba que Dios te dio, te clavaría un aaaalgo, no sé, a ver qué tenemos por acá, a ver qué decís cuando ya no tengas ni cabeza, estúpida. Y sin cabeza y sin cara y todo, te estamparía bien estampada como cuatro veces contra la pared, ¡así, ASSSÍ, ASÍ, ASÍ! A ver quién gana ahora, eh, a ver a quién le toca esperar, eh, contáme, a quién le vas a pelar el relojito esta noche, eh, catramina, si no servís para nada vos, gila, pedazo de hueca que bien hueca quedaste, bien que te dejé hueca ahora.


Pero mirá, che, qué cosa, encima se me viene a agujerear la pared, vos podés creer, todo por tu culpa, mierda, la pared recién pintada. Y bueh, ahora lo lograste, vos lo querías, vos lo tenés, ¿sabés lo que voy a hacer con vos el domingo? El domingo te agarro con lo que te quede y me mando flor de asado con los muchachos, vas a ver, te prendemos fuego para que me hagás el vacío, o algún matambrito, lo que traigan ellos. Y sí, ahora jodéte, flor de asado va a salir gracias a vos, sabés, con tanta cosa al pedo que traías adentro, ni siquiera se te puede ni partir la jeta de cuatro cachetadas contra la pared a vos, ni eso, mirá, y hasta para eso tengo que esperar, qué mierrrda, y encima me vengo a quedar sin pared yo, ¡por tu culpa!, sin pared y sin vos, computadora con tu reloj del orto, será posible, carajo. ◘ ◘ 

04 noviembre 2012

Pepe BONDI, 2ª ENTREGA. Hoy presentamos...

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-.Lágrima Doble.-
                                         
Por *Pepe BONDI*

    Bar La Rosa y Roberta, a mitad de cuadra por calle Entre Ríos. SEÑOR que entra al bar. Empuja con esfuerzo sobrehumano la puerta— es una de esas puertas que cuando las empujás se te empiezan a volver encima. “Vueltera tenías que ser vos, eh…” piensa. “Histérica como todas”.
  Son las diez de una mañana clara, primaveral.

SEÑOR (acercándose a la mesada que simula ser barra). — Buen día.

(La MOZA que está parada detrás de la barra, con un costado de la cabeza apoyado en la palma de la mano, tiene la vista fija en el televisor pantalla plana que muestra una noticia de un choque y un muerto.)

MOZA (monótona, acomodándose el pelo detrás de la oreja). — Buen día.

SEÑOR (relojeando las medialunas en la vitrina). — ¿Estarán calientes estas, che?

MOZA. — (con los ojos aun fijos en la pantalla) ¿Cómo?

SEÑOR. — Que si están calientes, nena.

MOZA (balbucea, sigue hablando con la mano empujándole la mejilla). — ¿Cuántas va a querer?

SEÑOR. — Perá, ¿cuándo te dije yo que iba a querer una? (La MOZA quiere empezar a hablar pero no la deja) ¿Ves, ves que sos una atolondrada? Primero te hacés la que no me entendés, después que me querés vender cualquier cosa… Alcanzáme un vaso de soda, ¿tenés?

MOZA. — Si usted se sienta y me pide, señor…

SEÑOR. — ¿Me vas a negar  la soda ahora también?

(La MOZA se le queda mirando un momento. El le sostiene la mirada, le arquea las cejas como desafiándola al tiempo que yergue el mentón en un ademán de “¿Y, y? ¿Para cuándo?”)

MOZA. — Ahí se lo alcanzo.

(La MOZA se da vuelta y él sonríe, relamiéndose la lengua. Mientras controla que ella siga ocupada con la jarra de soda, desliza la puerta de la vitrina hacia la izquierda, mira por sobre uno de sus hombros para ver que nadie lo esté mirando y saca dos medialunas dulces.)

MOZA (apoyando el vaso sobre la mesada sin ganas). — La soda, acá está.

SEÑOR. — ¡Bueno pero qué eficiente nos pusimos, eh! (Se guarda disimuladamente las medialunas en el bolsillo de la campera marrón gastada). Hacéme… A ver… Y, hacéme un cortadito. Chico.

MOZA. — Siéntese que enseguida lo atiendo.

SEÑOR. — Bueh, si arrancamos así, viste… Siempre te dicen lo mismo. “Siéntese, siéntese que ahí lo atiendo”. ¡Minga que te atienden! Te tienen mil horas ahí esperando como un gil. (Negando con la cabeza mientras sorbe un poco de soda). No, nena, yo me quedo acá. Te espero a que vos termines con lo tuyo, eso de la nada misma que hacen todos los de tu edá,  y te pido acá. Ya no me agarran más de pelotudo a mí. No me toman más el pelo, así no más te lo digo.

(La MOZA no sabe si reírse o echarlo. Se acuerda de eso del “respeto a los mayores” y se aguanta).

MOZA. — Señor, si usted quiere consumir se va a tener que sentar. Tiene como seis mesas libres, ¿ve?

SEÑOR. — No me señalés, no me señalés que veo perfecto yo desde acá. Igual eso está mal, ves. En el bar de acá en frente, en la otra cuadra, viste, ahí tienen las banquetas esas del año del culo, que seguro también habrá tenido tu abuela, y vos te sentás, pedís en la barra, tranquilito, te sirven en dos minutos… A las diez, a las doce, a las seis… El televisor, claaa… No es como esto, viste. No es así, nah… Y que son del año del pedo son del año del pedo las banquetas, pero uno se acostumbra. Como en casa, diría El Pocho. Además, a mi edad, ¿qué importa si me cuelgan un cacho más los cachetes del culo? ¡Yo me siento donde venga mientras que sea en la barra! (Pausa.) Hablando ahora de los cachetes, ¿no? Ustedes las minas son las boludas, sí, ustedes, ¿qué te reís? Si vos sos mina, ya te va a pasar, te vas a acordar de mí, vas a ver... Dispuestas a garpar vaya uno a saber cuántos mangos y chirolas para quedar infladas como el Quico, ese, ¿el personaje del Chavo, viste? Bah, andá a saber, ni El Chavo debés conocer vos, si sos una piba, miráte encima la cara de boluda… Para mí que se contagian entre ustedes ahora, los jóvenes

MOZA (mordiéndose la lengua). — Eh… Dígame, señor, a ver… Dígame lo que va a tomar así voy preparando.

SEÑOR. —… Y eso que antes con los muchachos siempre decíamos, a mí que no me venga con que quiere chantarse nada raro en el culo porque yo no laburo para garparle a uno de los carniceros esos, Juan Pindonga, que después salen en el noticiero que mataron a alguna de las modelitos esas que nadie conocía… Claaa, vos ahora te reís, piba, pero pasa, te digo que pasa. Ahora, la culpa la tienen las minas, no les importa nada. No les importa nada que uno se levante temprano, ponga el mango y otras cosas… Ellas quieren ponerse, ponerse, ponerse… Todo arriba, arriba, arriba… Que en las gambas, que en las tetas. Monstruos de tres cabezas terminan siendo, entre el culo, los cachetes de la cara y... Bueh, vos me entendés, ya te veo la cara. Dejáte de joder, che. Se emboban con ese, eh, ese tiene la culpa, no ellas. (Señala el televisor.) Les lavan el cerebro esos programas de mierrrda... Bah, yo ni los miro, te digo. No tengo tiempo. (Pausa.) El otro día mostraban a una que volvía de Europa, se había ido hasta allá a operarse, no más… Con el colectivero decíamos, claro. La Giménez, por tirarte un ejemplo… ¿Vos sabés lo que era la Giménez el siglo pasado, nena? (Se da cuenta de cómo lo está mirando la MOZA y se encoge de hombros, bosteza. Mientras bosteza, habla.) Está bien, está bien… No me queda otra, ¿no? Querés que me siente, todo el mundo me dice, “Siéntese, siéntese”. Como si pudieran controlarte así, viste. Vos no sos como la Yani, como los muchachos. (Pausa.) Va bene, non arrabbiarti! Ahí me siento en la mesa aquella esa de allá. Pero mirá que no tengo todo el día para esperarte a vos, nena, eh. A mí de pelotudo no me agarran más, ya te lo dije. No me agarran más.

(El SEÑOR se sienta y empieza a mirar alrededor. En la mesa de al lado hay una SEÑORA leyendo el diario.)

SEÑOR. — ¿Así que todavía hay gente que lee el diario? Y sí, ¿qué va a hacer si no? (La SEÑORA no se inmuta.) Yo ya ni compro el diario. A veces la Juli me lo trae, los domingos. Yo le digo, ¿para qué me lo traés si ya me enteré por la tele, nena? Ni leer tranquilo ya… (A la SEÑORA) ¿Y? ¿Algo importante, señora? ¿Alguna se puso traste nuevo, qué dicen? ¿Algo para rescatar, che?

(La SEÑORA se hace la importante, lo mira de reojo y le sonríe como con lástima.)

SEÑOR. — Ah, claro, claro... Le parece gracioso, ¿no? ¿Sabe qué pasa, señora? Usted habla con el diario, por lo menos. Yo ni con las paredes ya. Antes, por lo menos… Nos sentábamos en el barcito ese de en frente, el de la otra cuadra, ¿vio? Ahí, con los muchachos, amigos del barrio. Pero la mesa no, eh, a la mesa ni en pedo. Nos chantábamos en la barra, arrancábamos de temprano con la joda. Con El Pocho, el Marquito y Roberto… Cada vez que le querías hablar al que estaba en la otra punta le bajabas la nuca de un hondazo al pobre pelotudo de al lado y punto. Las barras son así. Un poco incómodas al principio, pero son especiales. Como los carlitos, faaahh... ¡Qué hamburguesas aquellas! Acá debe ser lai la hamburguesa, ¡juaa!

(Llega MOZA a la mesa con una bandeja. Trae un cortado chico y un vaso de soda.)

SEÑOR (chistando). — Che, piba, ¿qué mierda me trajiste vos acá? ¿Qué es esto, eh?

MOZA. — Me dijo cortado chico…

SEÑOR. — Yo no te dije nada. Vos me dijiste siéntese que ya lo atiendo, nada más. Y yo me senté, sin chistar ni nada.

MOZA. — Pero si allá en la barra me pidió…

SEÑOR. — Vos me querés hacer garpar dos veces, eso es lo que pasa. ¡Claaa! Como esa vez, esa vez que con los muchachos quisimos cambiar de bar y no, no funcó. Nos sentamos, garpamos los tres cada uno la promoción del desayuno esa que tienen en todos lados, medialuna va, tostada viene, mantequita… Y no va que la mesa se movía tanto que El Pocho me venía diciendo, él me venía diciendo y yo no le daba ni bola, estábamos todos en otra, viste… No va que El Pocho, que estaba medio como mariado— andá a saber cómo— se larga un escupitazo de la san puta. Así era, así... (Le muestra formando un círculo con el pulgar y el índice de cada mano). Así, te digo. Al principio pensé, bueh, debe ser el gallo que no terminó de largar en la cancha, viste, que le quedó atascado, no sé... ¿Vos sabés que no, che? ¡Se acababa de largar todo el hijo de puta! Todo, eh, todo te digo. Las tres medialunas, las tostadas que le había afanado al pobre Roberto, todo de un empujoncito. "¡La pucha que te largaste todo el jugo vos, eh!" me acuerdo que le dije. El tipo no daba más... Se agarraba la zapán, no paraba de putiar a la mesa. El chaleco blanco tenía puesto, imagináte…  Y una baranda a jugo encima…

MOZA (interrumpiéndolo de mala gana). — ¿Al final le dejo o no le dejo el cortado?

SEÑOR. — Perá, perá, a ver cómo es la cosa. ¿La boluda sos vos y te la agarrás conmigo? A mí traéme una lágrima, querés. (La MOZA se empieza a ir rezongando.) Y que sea doble, eh, nada de ningunearme de nuevo vos… (Mirándole los pies a la MOZA mientras se va.) ¡Che, piba, vos sí que tenés patas grandes, eh! (Desde la mesa a la barra.) ¿Cuánto calzás?

(La MOZA no lo mira, no le contesta.)

SEÑOR. — (encogiéndose de hombros) Che, me está picando el bagre a mí, así que… Uh, cierto que tengo la tengo al lado a esta porota que se hace la boluda… (Se fija si la SEÑORA de la mesa de al lado lo está mirando. Saca una medialuna de adentro del bolsillo y la huele) Ah, no… Encima se me pegotió todo lo dulce en el bolsillo, ¡qué pelotudo! Y bueh, “È lo que hay”, diría la nona. (Empieza a comerla igual.)

(La SEÑORA lo mira de reojo.)

SEÑOR (hablando mientras mastica) ¡Eh, señora, qué dice! Señora… (La mujer ladea apenas la cabeza) ¿Terminó de leerse el diario ya o anda por los fúnebres, eh? ¿Qué me mira así, quiere que le traiga? ¿Un licuado? No, ¿un espejito, uno de los chiquitos?

SEÑORA (con una sonrisa amarga). — No terminé con el diario. Y no leo los fúnebres.

SEÑOR. — Seeh, claro. (Empieza a silbar.) ¿Sabe? El otro día, sacando estadísticas… Todas las de su edad leen los fúnebres. ¿Ah, visto? ¿Ve cómo me mira? Si se ofende es porque sí los lee, claro que los lee… ¿Usted no piensa retocarse alguna cosita antes de partir, alguna arañita por ahí?

SEÑORA. — ¿Y a usted qué carajo le importa?

SEÑOR. — Eeeeh, eehh… ¿Quién lo hubiera dicho? Zapatos “Leidi Estor” y me contesta con esa cara de pánfila, y esa palabrita… No que a mí me moleste, guarda… (Extendiendo los brazos, sonriendo con ironía.) Pero una señora como usted, con cómo se viste usted… Igual, consejo de viejo sabio: la carita necesitaría un retoque, no se me ofenda. La suya, claro, la suya, no va a ser la mía. Yo, ni aunque se me diera por… (La SEÑORA está montando en cólera, se le inflan los cachetes, se le ponen de todos los colores.) En fin, llega un punto en que no se puede disimular nada. Yo no sé para qué mierda se ponen a mentir también con eso ustedes. Te cagan por todos los costados, y cuando querés saber cuántos años cumple la mina te chanta una de esos números que vos decís, “Nah, no puede ser”. Algunas la garpan, ves, uno hasta quiere creerles… Pero otras, ja, ¡tantas otras! Te quieren vender cada buzón, che... Ni que uno fuera tan boludo… Entre ellas creen que pasa, encima. Algunas se quitan diez años. ¡Diez años, a vos te parece! Qué flor de mentira… (A la SEÑORA.) ¿Usted cuántos tiene? Mejor dicho… (Guiñándole el ojo.) Me expresé mal, ¿cuántos se da? Ya sé. No me diga nada. ¿Treinta? ¿Cuarenta? Puedo esperar cualquier boludez, si total me va a mentir.

SEÑORA (molesta, frunciendo los labios). — No tengo necesidad, y menos con usted. (Pausa.) Tengo cincuenta y tres.

SEÑOR (largando una risotada y mirando al techo). — ¡Ahí tenés, Pochito, ahí tenés! ¡Diez a uno que esta también te quería meter el perro!

SEÑORA. — Mire…

SEÑOR. — ¡A usted ni en pedo la miro, señora! Recién mientras le decía ya me la imaginaba toda fajada, hasta medio en bolas, fíjese lo que le digo, salida del quirófano, vendada. Aunque, aunque, debo reconocerlo, la pensé con algunos kilos menos. Los carniceros hacen maravillas a veces, son carniceros. Pero no dura, eh, le aseguro que el efecto, y más en algo como usted… Nah, no dura demasiado, no se me vaya a ilusionar tan rápido tampoco. Ahora, eso sí, si hablamos de un retoquecito en la frente... Y me dice cincuenta y tres, así nada más. Qué caradura es la gente, así estamos también.

(La MOZA trae la lágrima)

SEÑOR. — ¡Por fin, nena, porrrr fiiin, querida! Cobráme, querés. Cobráme, dale, así no tengo que estar acá al pedo una hora más esperándote a vos.

MOZA. — Lágrima doble. Diez pesos.

SEÑOR. — ¿Diez mangos una lágrima? ¡Pero si estamos todos locos! En el bar de en frente, fijáte lo que te voy a decir, en el bar de en frente…

MOZA. — Acá la lágrima cuesta lo que cuesta. Y si no en la carta que tiene adelante de la cara lo dice, fíjese.

(El  SEÑOR agarra la carta, la abre y mira los precios.)

SEÑOR. — Acá dice que tienen una promoción de once con cincuenta y que trae dos medialunas, un café con leche y un exprimido chico. Traéme el exprimido y cobráte la promoción, mejor.  

MOZA. — ¿Qué medialunas le traigo?

SEÑOR. — Si estarás lerda, vos… Ya me las traje yo. Si encima te tendría que esperar a vos...

SEÑORA (A la MOZA). — No, no le traigas nada, ¿no ves que es un viejo asqueroso? Yo no sé, no sé. ¡No sé cómo pueden dejar entrar a semejante bessstia!

SEÑOR (A la SEÑORA). — ¿Y encima con pretensiones? Mirá que de bella no tenés nada, vos, eh... (A la MOZA) ¡Este es el país que tenemos, piba, en esto te toca vivir! (Burlón.) ¿A la señora le molesta el viejo porque dice la verdad? ¡Andá, vieja del orrrto! Si te pedí el diario hace rato y no fuiste culo de soltarlo ni un momento, andá. (La SEÑORA se levanta más que decidida, empieza a sacar la billetera como para pagar e irse.) ¡Así te va a ir a vos, escapáte! ¿Qué te creés, que porque te hacés la que te interesan los fúnebres y te pasiás en tacos vas a…?

SEÑORA. — ¡Cállese, degenerado! (A la MOZA.) ¿No ves, no ves nada vos? ¡Es un grosero este hombre, un irrespetuoso! ¿Y no le decís nada, vos? (Empieza a encarar hacia la puerta, tambaleándose.) ¡Dios mío, lo que hay que vivir!

SEÑOR (siguiéndola, sacudiendo los brazos). — Daaale, daaale, si no te queda mucho a vos tampoco, pelotuda... (La SEÑORA le cierra la puerta en la cara.) ¡Cambiáte la careta y después hablamos, vieja bananera!

MOZA (cruzada de brazos). — Si se le enfría la lágrima vaya a reclamarle a Magoya, yo no se la pienso hacer de nuevo.

SEÑOR (volviendo a la mesa). — Pero, claro, ¡si me olvidaba! Tan boluda no resultaste al final, eh… (Se sienta, agarra la taza, está por tomar pero se le resbala de la mano.) ¡Pero la pucha, che, será posible, mierda! ¡Todas me pasan a mí, eh, todas! ¡La puta madre…! Es esa vieja de mierda que me puso como loco, ¡esa vieja que me sacó de quicio!

(La  MOZA le alcanza un trapo para que se limpie y se va a buscar el secador de piso.)

SEÑOR (recibe el trapo y lo mira irritado). — ¿Y encima me tengo que limpiar con esta mierrrrda? La pucha que debo estar ojeado yo, che. Debe ser la vieja, la vieja esa que se hacía la interesante con el diario en la mano, andá…

(Vuelve la MOZA. Se dispone a limpiar el piso pero le da lástima ver al SEÑOR limpiarse solo.)

MOZA. — A ver, déjeme que lo ayude, señor.

SEÑOR. — ¡Las pelotas! ¿Qué me vas a poder ayudar vos? ¡Qué me vas a poder ayudar vos, miráte esas patas! ¿Cuánto calzás, cuarenta y dos dijiste? Andá, lleváte todo, ¿querés? (Sacando la medialuna del bolsillo.) Tomá, esto también. Me ganaste, acá la tenés. Son asquerosas las medialunas de este lugar, piba, un asco. (La MOZA está indecisa.) ¿No te dije que te lleves todo, ey, estás sorda de nuevo?

(Se apura la MOZA a juntar las cosas y las pone en una bandeja. Se las lleva a la barra sin decir una palabra, mirando que no se le caiga nada.)

SEÑOR. — Ni una puta lágrima, ni el diario, ni una charla como la gente… (Mirando hacia arriba.) ¡No nos queda nada, Pochito, nada! Vos por lo menos zafaste. ¿Qué sos, rey allá, tiburón? ¿Eh? Lleváme, te pido, lleváme cuando quieras… Mirá cómo estamos acá, che… (Se impacienta.) Mah, ¡vafangulo! Esta no vuelve y yo quiero la lágrima, ¿tan difícil era? Ni sé para qué mierda vine acá. Al final, todo como esa vez, ¿viste Pocho? Uno quiere cambiar, tratar de no pensar en los viejos tiempos y no lo dejan. Después dicen que los viejos somos reacios… ¿Reacios a qué, manga de pelotudos? ¿No ven que no somos nosotros sino que no-nos-dejan? (Pausa.) Yo me voy al bar de en frente y esta boluda que se joda sola. ¿Qué está, lavando la taza? No te lo puedo creer, ¡pero si no estaba haciendo nada cuando yo llegué! Y bueh, uno infunde miedo, Pocho infunde miedo a esta altura, qué se le va a hacer. Mejor, te digo. Eso quiere decir que le hago un favor si me las tomo. Y de paso no garpo un joraca. Mah, sí, me las tomo.

(Sale. La MOZA vuelve al instante con otro trapo.)

MOZA. — ¡Qué hijo de su…! ¡Se raja sin pagar, qué boluda que soy! ¡Qué…!

(Sale la MOZA con trapo en mano. Lo ve que está por cruzar calle Rioja y lo empieza a correr, a llamar. El SEÑOR la escucha y empieza a andar más rápido, más rápido, cruza la calle casi sin mirar.)

MOZA. — ¡Ey, ey! ¡Chst-chst, señor! ¡No se haga el vivo, ey, no se haga el...! (Se oye un bocinazo de un auto, otro que clava los frenos y un choque. El ruido en la esquina de calle Rioja la hace retroceder. La MOZA frunce los ojos dos segundos simultáneamente con el impacto y cuando los vuelve a abrir el SEÑOR ya no está. Desapareció.) Ay, no... (Se acerca a paso lento y ve el brazo de un hombre grande tendido en el pavimento, sobresaliendo detrás de un Peugeot. Los ojos se le ponen vidriosos, en el derecho le brota una lágrima. Se acerca apenas un poco más, baja el cordón y pispea por encima del hombro de una mujer alta. Vislumbra la sangre que empieza a inundar el poco pelo canoso detrás de una cabeza.) ¿Lo mataron? ¿Mataron al viejo…? Ay, ¡la puta madre, si mataron al viejo...! (Rompe en lágrimas y sale corriendo.)

(Pausa.)

SEÑOR (desde la barra en el bar de la vereda de en frente). — Yani, servíme una lágrima doble, ¿querés? Y una salada. Lo de siempre, bah.

MOZA II. — Déme un segundito que ya pero ya lo atiendo.

SEÑOR. — Y si total no hay apuro, Yani. Si total, ya ‘toy muerto. (Se ríe.) (Mira hacia afuera para ver si anda por ahí la MOZA del otro bar.) No, no hay monos en la selva... Che, Yani, ¿tendrás “La Capital” por ahí?


-.TELÓN.-

17 octubre 2012

El bondi: ¿espacio de reflexión?

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-.Sin-TACTO.-

                                                     
Por *Pepe BONDI*
      Línea 153. SEÑOR que sube con la famosa TSC (tarjeta sin contacto) en la mano. La mira, la da vuelta. “Es fucsia", piensa. “Fucsia es color de mina”.
    Son las ocho de la mañana.

SEÑOR (meneando la cabeza). — Buen día.
(El Colectivero no contesta.)

SEÑOR (se le cae la tarjeta). — ¡La pucha, che! ¡Que será posible…! (Amaga con agacharse pero al mismo tiempo mira de reojo a la muchacha Adolescente que, cómodamente sentada, insípida, distraída, hace que mira por la ventanilla.)

SEÑOR. — Che, nena, ¿me alcanzás la tarjeta?

ADOLESCENTE. — (quitándose uno de los auriculares del MP3 de la oreja) ¿Eh?

SEÑOR. — Alcanzáme la tarjeta, ¿querés, nena?

COLECTIVERO. — Vamos marcando y pasando para atrás, por favor…

(La muchacha le entrega la tarjeta. El Señor la recibe con desconfianza y la mira como si fuera la primera vez que la ve. La da vuelta, la vuelve a mirar pensativo.)

SEÑOR (con la tarjeta en la mano, entrecerrando los ojos). — Che, ¿qué dice acá? (Se da vuelta y le tironea del saco al Joven de traje que lo mira con desdén) ¿Me decís lo que dice acá, pibe?

JOVEN DE TRAJE. — A ver, déjeme ver… (Pausa.) “Municipalidad de Rosario”, dice.

SEÑOR.— No, no, más arriba. Acá, ¿ves? Acá qué dice.

JOVEN DE TRAJE. — Hm… “Tarjeta sin contacto”, dice ahí.

SEÑOR. — (se queda mirando la tarjeta otra vez, atónito)

COLECTIVERO. — Vamos marcando los boletos…

(Una señora se cansa de esperar atrás del Señor. Larga un resoplido, le da un empujoncito al viejo y apoya con fuerza la TSC contra la etiqueta roja y blanca de la máquina.)

SEÑOR.— Espere, ¡espere! ¿No ve nada usted? ¿No ve que dice ”sin contacto”?

(La señora ni lo escucha, está preocupada por alzar los bolsones que trae de calle San Luis—acaba de comprar mil cosas al por mayor y ahora le preocupa encontrar un asiento *single* para que no la molesten.)

SEÑOR. — (está por marcar tarjeta pero viene un Hombre de atrás y le pasa el brazo por adelante) ¡Que son todos pelotudos, che! ¿No ven que dice “SIN—CONTACTO”? Manga de ignorantes deben ser...

HOMBRE DE ATRÁS. — Bueh, bueh… A ver si se corre, por favor…

SEÑOR. — Así somos, ¿eh? Así somos. Uno quiere hacerle un favor a la gente y no, no hay con qué darle. El boludo quiere ser boludo no más, ¿eh?  (El Hombre de atrás marca igual y pasa de largo.)

JOVEN DE TRAJE. — Señor, ¿me permite?

SEÑOR. — ¿Si te permito qué, pibe?

JOVEN DE TRAJE. — Marcar el…

SEÑOR. — ¿Pero no ves que es sin contacto, pibe? Si marcás sos igual de boludo que aquél ese de allá, y esa que se hace la mona. (Señala a la señora de las bolsas y al Hombre de atrás.)

JOVEN DE TRAJE (sonríe nervioso). — Está bien, señor, está bien… ¿Me deja pasar, por favor?

SEÑOR. — Será posible… Al final sos el más boludo de todos vos, pibe. Vos me lo leíste hace un rato, ¿o no fuiste vos?... Con esa cara de pelotu…

COLECTIVERO. — Si no quiere marcar, no marque, señor. Ahora sí, siéntese y deje marcar a los demás. Vamos, vamos, siéntese y deje marcar a los demás pasajeros.

SEÑOR. — “Siéntese, siéntese”. ¿Para qué querés que me siente, che? ¡Estamos todos locos, te digo! Me venden esta tarjeta que encima es bien de mina, que dice "sin contacto” y quieren que la ponga contra la maquinita esta y…! Así andamos, después, eh... Así estamos, che…

JOVEN DE TRAJE. — Le pido permiso…

SEÑOR. — Pedíme lo que quieras menos guita. Así decía mi nona…

(El Joven de traje marca su boleto. Se dispone a sentarse cuando el viejo se lo arranca de la mano.)

SEÑOR. — ¿Así que esto larga la maquinita? Mirá vos… ¿A ver, a ver qué dice? (Mofándose.) ¡Ah, claaa! La fecha, y sí. ‘Ta bien. Después no sabemos ni dónde estamos parados, ni en qué día vivimos... (Mirando al Joven de traje.) Igual, los días son todos iguales, pibe, una reverenda cagada.

JOVEN DE TRAJE. — Si me permite el boleto, señor…

SEÑOR. — A ver, 'perá... Acá dice "NORMAL". ¡Juaaaa, "NORMAL”! Che, pibe, ¡la maquinita te dice que sos “NORMAL”! (Le da una palmadita en la espalda.) Pobre pibe, con esa cara y normal, te dice… Mirá vos...

(El Joven de traje no dice nada pero tiene los cachetes rojos.)

COLECTIVERO. — (sonando autoritaria) Señor, ¡señor! Sí, usted. ¿Me oye bien? (Lo mira por el retrovisor.) Me escucha, ¿no? Siéntese. Usted, sí, sí, no se señale que ya está grande para estas cosas. Vamos, siéntese, hágame el favor. Vamos que tengo que arrancar yo.

SEÑOR. — (encogiéndose de hombros) Y arrancá, vos, ¿qué te hacés el galán mirándome por el espejo? Arrancá, dale. Andá que estoy apurado yo también. (Se sienta un momento. Se para. Se dirige a una mujer que está por marcar tarjeta.) No marque, mujer, no marque. Acá lo dice, ahora es sin contacto la cosa. Cambió hace poco, por eso… Los otros son todos unos ignorantes boludos que marcan igual. Pegan la cosa ahí y le dan derecho no más.

(La mujer se ríe, marca y pasa.)

SEÑOR. — Las mujeres son las peores al final… Y bueh… Che, mejor voy a probar yo también. A ver qué se siente ser tan boludo… (Saca de nuevo la tarjeta y está por presionarla contra la máquina cuando ve a una embarazada que acaba de subir.) Che, piba, vení. Marcá vos que estás con el bombo. (La joven lo mira.) Bueno, ahora sí, eh… A ver, ahí voy, eh... (Presiona la tarjeta contra la parte superior de la máquina. El colectivo entero está mirando. No pasa nada.) ¡Pero, che! ¡Será posible! Justo a mí… No larga más el papel esta máquina de porquería…

EMBARAZADA. — Es que va más abajo, señor.

SEÑOR. — Sí, más abajo, sí… Gracias, querida, gracias… ¿Qué estás, de seis vos?

COLECTIVERO. — Le voy a pedir que se baje, señor, ahora sí. Bájese, vamos, bájese.

SEÑOR. — Eeeeh, pero si no pasa nada… Voy a marcar, tranquilo, voy a marcar… (Presiona la tarjeta contra la etiqueta. Un láser rojo y brota el boleto.) Ya está, ya está… (Controla el boleto.) Sí. Dice “NORMAL”. (Mira el dorso de la tarjeta.) Che, ¿y esto qué es? ¿El número de quejas, eh? Ahora vas a ver, galán, voy a llamar, vas a ver... (Mira atrás y lo ve parado al Joven de traje. Le saca el celular de la mano y empieza a discar.)

JOVEN DE TRAJE. — Señor…

SEÑOR. — 'Peráte que ya termino… Dos, cuatro… Cero, cero, cero…

JOVEN DE TRAJE. — Eh, señor…

SEÑOR. — ¡Mierda que es largo este, eh!

JOVEN DE TRAJE. — Es que ese número no es…

SEÑOR. — Cobro revertido, debe ser. ¿Qué querés, que te pague la llamada? Ahora te la pago la llamada. Yo no sé, che, estos aparatos… Ayer el pibe del locutorio me dijo que le debía dos mangos. Dos mangos, ¿a vos te parece? No es nada dos mangos hoy en día. Dos mangos…

JOVEN DE TRAJE. — Ese no es un teléfono, señor. ¿Entiende?

SEÑOR. — ¿Ah, no? ¿Y cómo le decís vos a este aparatito? (Señala el celular que tiene en la mano.)

JOVEN DE TRAJE. — No, sí, eso sí es un teléfono. Yo le decía…

SEÑOR. — Sí, dale. Y te salió “NORMAL” a vos, andá…

JOVEN DE TRAJE. — Yo me refería…

SEÑOR. — Che, pará. ¿En qué calle estamos? ¿Santa Fe? ¿No es Santa Fe, ésta?

JOVEN DE TRAJE. — (mareado) Eh… Sí, sí, es Santa Fe.

SEÑOR. — Uh, me tenía que bajar acá, ¡qué pelota cuadrada! Todo por hablar con vos, pibe, ¿viste? ¡Eh, colectivero, eh! ¡Pare, pare! ¿No me escucha? ¡Pare, por favor, le digo, eh!

COLECTIVERO. — ¡Paro en la próxima!

SEÑOR. — Pero, será posible, che... ¡Ni respeto ya, ni eso! Así estamos después, así estamos…

COLECTIVERO. — (lo disfruta) Y hay que andar más atentos, señor… Esto no es un taxi, ¿sabe?

SEÑOR. — Reíte no más, vos, reíte de un viejo que podés… (Al Joven de traje.) Todo por hablar con vos, viste… (El Colectivero está llegando a calle Rioja.) Bueno, pibe. Un gusto igual, eh. Aunque no sé, yo que vos no le creo al boleto cuando te dice “NORMAL”. Bueh, qué se le va a hacer… Que andes bien, pibe… A ver… A ver… (Se acerca a la puerta delantera del colectivo, agarrándose como puede.)

JOVEN DE TRAJE. — ¿Quiere que lo ayude?

SEÑOR. — ¿Y a vos qué te parece? “NORMAL”, ¡pffff!

(El joven le presta el brazo y se vuelve a su asiento sintiendo que acaba de efectuar un acto heroico. “Ayudé al viejo loco a bajar. Nadie más se animó ni a tocarlo, salvo yo. Todos quedaron para el culo, pero yo fui todo un señorito inglés, ¡un caballero “extra-large”! (Ríe para sus adentros.) Y sí, la vida es una rueda, hoy por ti, mañana por… Me parece que hoy la engancho a la Mari. Hoy le compro flores o alguna de esas boludeces. Ya está, hoy me dice que sí para el casorio. Primavera, flores, buenas acciones… Un vinito… Mejor la voy a llamar. La voy a llamar así esta noche la invito a co—ay, ay, ay, el celular… ¡Pero la puta madre, viejo del orto, el celular! La recon... ¡No, no, no, no, no, no! Viejo choro, ¡me robó el celular! Las fotos, los contactos, ¡la puta que lo parió! Viejo choro, ¡mi celular! ¡Mi celular!)

JOVEN DE TRAJE. — ¡Ey, ey! ¡Pare, por favor! ¿No me escucha? ¡Pare, eh, pare le digo!

COLECTIVERO. —“Encima de gil, flor de pelotudo…” Bajáte vos, dale bajáte vos también, Frank Sinatra. (Frena, se levanta y lo agarra del traje.) Bajáte ahora mismo, te digo. Dale que llamo a la policía y los agarran a vos y a tu viejo, dale.

JOVEN DE TRAJE. — ¿Eh? ¿Qué, qué? ¡No era mi viejo, me robó el celular!

 COLECTIVERO. — Dale, dale… Te creés que no me dí cuenta… Bajáte ya mismo, Sinatra, ¡dale! (Lo saca del colectivo.) A ver si encima es contagioso…

(Pasajeros: Aplausos.)

-.TELÓN.-


05 julio 2012

Cibrián-Mahler en Rosario: una versión expurgada de Excalibur

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02/07/2012
VISUALIZAR   LA   NOTA
Según la fecha estricta que me dicta el contador analítico de este blog, la última vez que publiqué una entrada fue hace casi un mes. Casi un mes, nada más, y ya me empezaba a resultar mi propio sitio un extraño... 

Un mes, claro, implica un mes de no haber podido encontrar ni las ganas ni el tiempo—¡y sobre todo el tiempo!—de visualizar la próxima nota, de pensar ociosamente para hallar la sensación de libertad, la famosa inspiración para así soltarse y escribir. ¿Será que me avoqué, aunque otra vez con escaso tiempo, a otros géneros?

Ahora, por ejemplo, debería sentarme a contemplar los pronombres posesivos en français. Pero tengo una nota en mente que ya tuve que postergar, y ahora que puedo vislumbrar el texto... Así que Monsieur Français, je t'adore, mai... tendrás que esperar. 

Para no sentirme demasiado ociosa por permitirme esquivar el estudio a pocas horas del examen, escucho mientras escribo—y sí, escribo en primera persona—escucho mis canciones favoritas de un musical que sí debe valer la pena ir a ver. Se trata de la indescriptible puesta canadiense de la comédié musicale (o como se acentúe) de Don Juan. ¡Vale la pena la digresión!

05/07/2012
ESCRIBIR  LA   NOTA
                                                                                                                                                                

Excalibur en Rosario

¿La puesta que no cumplió con la apuesta?
                                                                  
¿Qué se espera hoy en día del teatro? ¿Qué espera el espectador del siglo veintiuno cuando elige ver una comedia musical en torno a la figura del Rey Arturo?

Por lo visto, Shrek III logra un Merlín mucho más afable, y un Arturo decididamente más ingenioso, astuto y creíble que el agradable a la vista pero no al oído de Excalibur, el musical que se presentó el sábado 30 de junio en Rosario de la mano de la reconocida sociedad artística Cibrián-Mahler.

Para quienes hemos sido espectadores de otras puestas del inconfundible dúo (El Fantasma de Canterville, 2004 y Otelo, 2009, en este caso) en Excalibur apenas si se vislumbraron algunos escasos restos de la óptima calidad músico-actoral que suele caracterizar a las funciones.

Sin entrar en detalles comparativos entre la leyenda y la puesta, entre lo que dicen los libros y el musical, la función del sábado a duras penas cumplió las expectativas del público en general. Ya desde el comienzo, el hecho de que en el acto de obertura sólo un tercio del total de los actores cantara en vivo (los otros hicieron playback) fue un golpe bajo. Atrás quedaron esos días en que llegaba el musical de Cibrián-Mahler con orquesta en vivo (así fue, lo recuerdo bien, en El Fantasma de Canterville), pero, más allá de los viejos tiempos, ¿no podían abrir la puesta con un poco más de dignidad artística y cantar sobre la pista, como se hizo durante el resto de la obra? Más aun porque la primera canción era, precisamente, el tema principal, tema que acompañaría las escenas más memorables, tema que sonó en la publicidad televisiva del producto, tema sobre el cual Mahler ha hecho bellísimas variaciones instrumentales, de tempo, etc. En fin, vuelta de página...

CONJUNCIÓN ARTÍSTICA: ¿más efectista que eficaz?
Luego de un comienzo dudoso, el siguiente cuadro trajo a escena a dos de los personajes principales: Arturo y Guenévier—vaya a saber Dios por qué esta traducción del personaje de Guinevere resultó la favorita; hay tantas otras en español que suenan más naturales y frescas o por lo menos familiares. 
Con un vestuario más efectista que verosímil y más práctico que prototípico, los personajes de Arturo y—cuesta escribirlo—Guenévier hicieron su primer acto de presencia junto a sus respectivos padres en la ficción: entre cannon y a dos voces, la armonía vocal que lograron Sol Montero* (como G.) y Rodrigo Rivero(como Arturo) fue casi perfecta, y los reyes padres no se quedaron atrás. Incluso el recurso espacial  del que se sirvió el director para presentarlos fue, si no muy creativo, al menos más que interesante. Como en las viñetas gráficas divididas en dos que muestran, mágicamente, dos sucesos en un solo cuadro gráfico, Arturo y G. subieron y bajaron escaleras al trono mientras cantaron y danzaron como personajes en circunstancias diferentes pero mostrados en simultáneo. Así, el efecto visual fue doble: desde el espacio, los actores cantaron espalda con espalda, como si no pudieran verse; en cuanto al canto propiamente dicho, lo hicieron algunas veces al unísono, otras en cannon, otras por turnos... La variedad fue el factor clave que hizo de esta escena una de las más originales.

Hasta aquí la figura de Juan Rodó (en su rol de Merlín) brillaba por su ausencia, pero lejos de lo que pueda creer el lector, esto no interfería con el desarrollo lógico de la historia. Los cuadros más aplaudidos en general resultaron, curiosamente, aquellos en los que participaban Morgana (Candela Cibrián) y sus secuaces, y no los tortolos legendarios. Una confesión: cuando llegó Merlín, mi compañero de butaca y yo recibimos una suerte de shock audiovisual.

Desde el andar físico hasta su proceder lingüístico, el personaje de Merlín como tal dejó bastante que desear. Ahora bien, Rodó no dejó de lucirse cantando. Hasta diría que se lució más como cantante que como actor: manejó la amplitud de su registro y la respiración como ninguno—y eso que todos, absolutamente todos aquellos que cantaron en vivo lo hicieron con un profesionalismo exquisito, en medio de bailes extravagantes, del ajetreo teatral y la adrenalina. No es fácil cantar en semejantes circunstancias, ni siquiera se puede confiar demasiado en un entrenamiento constante. Se precisa ir al detalle, hilar bien fino además de haber trabajado con constancia para alcanzar la excelencia que lograron los actores de Excalibur en cada verso. Por eso, si bien el personaje de Merlín de tanta sátira rayaba un poco en lo ridículo, al menos compensó bastante por el lado del canto, y algo por el lado de lo actoral. Pero ni los ademanes al estilo Johnny Depp como Capitán Sparrow en Piratas del Caribe ni el discurso híbrido entre un español neutro con marcas extraordinarias de rioplatense y algunas tácticas del absurdo lograron convencer(me) de lo atinado de este personaje. Quizás Pepe Cibrián lo quería así, quizás quería un Merlín extravagante, algo destartalado, rimbombante y poco elocuente, y hasta diría yo, un tanto demasiado desalineado. En mi opinión, la construcción de Merlín fue en parte un desacierto, ¡le faltó barba, le faltó ingenio! Aunque su vestuario fue bastante original, y si lo que se buscaba era romper con las expectativas, salirse del Merlín más o menos prototípico, se logró. Sin dudas, se logró y con creces.

MUCHO RUIDO Y...
Mientras el clima de la obra osciló siempre entre lo trágico y lo cómico, lo "elevado" o "alto" y  lo "bajo" en términos estilísticos de Auerbach, el señor sentado a mi derecha bostezaba de vez en vez y controlaba sin disimulo la casilla de mensajes de su BlackBerry. En contraste con esta visión, unas butacas más adelante, en la misma fila, una señora lagrimeaba (¡también sin disimulo alguno!) ante una supuesta escena melodramática entre Arturo y Merlín: y sí, Guenévier había caído muerta, y durante unos interminables minutos se estiró y se estiró su regreso al mundo terrenal de manera que con mi espectador amigo habíamos caído en la lisa y llana risa. ¿Será que somos unos descorazonados? No, no, eso no pudo haber sido... Me faltó atmósfera de verosimilitud, sensación auténtica de inexorabilidad. El llanto bien recreado en un escenario (aunque no sea llanto explícito) puede evocar el llanto, sí. Pero el llanto artificial, ah... Si sabré de esos. Esos no conmueven ni a los muertos. Esos causan más sorpresa que congoja, más risa que empatía, más ganas de controlar los mensajes en el celular que otra cosa.

A pesar de las cruces y no sin sus propios aciertos, Excalibur podría definirse como un espectáculo diferente por el carácter efectista a nivel visual del musical en su conjunto. El guión no es extraordinario, la música es excelente, pero los verdaderos protagonistas son el vestuario y las luces, el carácter lúdico de la iluminación. Si bien la puesta original apuesta a más efectos visuales, Excalibur es, por momentos y con creces, una experiencia teatral casi tridimensional. Los juegos de luces están pensados en perfecta sincronía con la temática de las escenas, con la danza y la música. Y si bien el bosque está desprovisto de elementos que transporten, valga la redundancia, al "bosque" propiamente dicho, el espectador, partícipe activo de la iluminación, llega (casi) a codiciar la reluciente espada en manos de Arturo.

BUENOS AIRES: MÁS Y MEJOR
Con un guión en apariencia pensado para Latinoamérica más que para Argentina, y con atisbos escasos de color rioplatense, Excalibur tuvo, en mi opinión de crítica (poco) especializada en el tema, sus cosas buenas y sus cosas malas. Pero claro que no hay nada mejor que ver por uno mismo. Así que, si a pesar de todo, espectador, usted tiene esas ineludibles ganas de volver al teatro, volver después de meses o años que hace que no iba, entonces acérquese a nuestro emblemático teatro El Círculo, vaya y vea por usted mismo, no confíe en la subjetividad de quien escribe, porque al fin y al cabo, en estas vacaciones de invierno Excalibur hará su retorno al Círculo. Vaya, vaya con su hermano/a, sus primos/as, sus hijos, amigos... Vaya, y lléguese si puede hasta Buenos Aires para verlo, que por el material que circula en la Web, a Rosario sólo nos ha llegado la cuarta parte de lo que es la propuesta original. La verdad, se esperaba más.   


* * N.B de la autora: En la presente nota fechada el 05/07/2012 escribí que los personajes de Guenévier y Arturo habían sido interpretados por los actores Luna Pérez y Emilio Yapor (función del 30/06 de Excalibur en Rosario). Estos datos son incorrectos. En la función del 30/06 en Rosario, Excalibur se presentó con los actores Sol Montero y Rodrigo Rivero en sus roles de Guenévier y Arturo respectivamente.

Para comunicarse con la autora de este blog puede escribir a: morgantr89@gmail.com o bien dejar su comentario al pie de cada artículo.