24 enero 2012

NOTA AL BLOG

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Reflexiones de un blogger después de mucho tiempo de no "bloggear"
He estado esperando este momento desde que volví de mis vacaciones en el mar.

No suelo forzar mi arte (¡no intento sonar pedante aquí!); me da la sensación de que si se la fuerza, la escritura puede llegar a perder algo de su tinte artístico. Justo hablábamos de este tema con Anita de Dostoievsky (el seudónimo le sienta muy bien) el pasado viernes 20 de enero. Hablábamos sobre los efectos que produce en la conciencia, el espíritu y el propio oficio el obligarse a escribir unas cuantas líneas sobre algo que se desprecia o cuando no se tienen ganas...

Pero ayer me volvieron las ganas de publicar una nota para mi querido De Artículos y Revisiones, y como no tenía la computadora a mano, redacté estas líneas en el borrador que ahora estoy tipeando.

Supongo que, como en el caso de este blog, sigo sin depender de un editor gráfico para publicar, todavía puedo darme el lujo de esperar a hacerlo sólo cuando las ganas venzan la fatiga, o bien cuando las ideas vengan a mí en vez de ir yo tras ellas, especulando sobre cuántas podré cazar para así lograr cerrar con moño y todo la nota que enviaré a un tercero.

Contar con un blog como principal fuente de publicación tiene sus ventajas, sobre todo si quien publica es también quien revisa los textos y quien decide cuándo y qué quiere publicar. El oficio del blogger que es a la vez escritor, revisor, corrector y jefe de redacción es fascinante pero puede llegar a ser peligroso; en fin, es casi un arma de doble filo. Es verdad que si soy todos en uno nadie me apura para tener lista una nota; nadie me envía una guía de estilo a la cual me tengo que acatar, ni me sugiere un tema sin escapatoria. Pero a la vez lanzarse a escribir un blog en la Web 2.0 no es tan fácil. No basta con tener las ganas; hay que trabajar periódicamente para mantener viva la llama. Implica tenacidad y esfuerzo, y sobre todo una verdadera vocación por lo que sea que se convierta en el contenido del blog propio. Si no, todo puede acabar en un par de entradas breves, comentadas al principio pero abandonadas ante la falta de continuidad del que escribe. Se cae en el ocio perpetuo, y chau proyecto de blog. 

Por lo general, no le temo a ese abismo que suele acecharnos a nosotros los bloggers. Ya me conozco y sé que siempre tengo algo que decir sobre tal o cual tema. Siempre habrá algún seminario que recapitular, una novela o un film por criticar, o una nota reflexiva sobre mi profesión que no puedo dejar de publicar en De Artículos y Revisiones. Pero si bien no le tengo miedo al desgano, a veces soy víctima de él. ¿Y quién no, si estamos en pleno enero todavía?

Había relegado el periodismo durante un mes y algunos días hacia diciembre porque quería terminar mi preciada novela de setenta y pico de capítulos en inglés, y también porque me estaba por tomar mis merecidas vacaciones. 

Pero a la vuelta sentí un vacío con respecto a mi blog, si bien la revisión de la novela aún está en marcha. Tengo que retomarlo, me decía, volver a escribir en español cuanto antes. 

Hasta me sorprendió el comentario de una compañera de la carrera de Letras, quien entusiasta pero algo extrañada reclamaba por una próxima entrega. Muy bien. Confieso que sucumbí en la tentación de prolongar mi ocio respecto al blog. Me convencí de que lo merecía, y no estoy segura de arrepentirme. Creo en la variedad, en el placer de los surtidos (no sólo Bagley) y en la necesidad de desprenderse de la rutina siquiera una vez al año.


http://chrisabraham.com
Pasado el momento de recrearse, aún nada venía a mí como para que sintiera esa adrenalina que me suele invitar a escribir. Nada llamaba mi atención lo suficiente como para retomar De Artículos y Revisiones. Además, estaba centrada en otros proyectos y me quedaban pocas ganas de dejarme llevar por alguna controversia actual que me diera de qué hablar aquí...

Cuando empecé con De Artículos y Revisiones en mayo de 2009, lo hice por dos motivos: primero, quería retarme a mantener con constancia una publicación virtual que condensara mi afán por ejercer el periodismo gráfico; segundo, mis trabajos en ficción eran cada vez más en inglés, y de alguna manera no conseguía escribir tan seguido en español como hubiera querido. Estaba cursando mi segundo año de Traductorado de Inglés, y consciente de la necesidad de aumentar la fluidez y la proficiencia en ambos idiomas, la lengua materna y la extranjera, me desafié a tener un sitio para el cual escribir. Desde entonces, vengo trabajando en equipo conmigo mismo, manteniendo mi propia editorial, gozando del derecho de libre expresión sin ofender a terceros.

Y ahí está el arma de doble filo: hay libertad en la elección del tema, en la extensión de las publicaciones... Pero también hay libertad en la constancia con la que se publica. Y esta es una de las razones principales por la que mucha gente a la que invito a abrir su propio blog me mira con desazón y me dice en tono informal pero honesto, "No, gracias. Soy re colgada/o".

Hay tantos blogs interesantes dando vueltas por la Web. Sin embargo, muchos están desactualizados. Muchos me sitios con los que me topo por casualidad resultan decepcionantes: están muertos, lucen la apariencia del acabado; están desnudos o la última publicación data de hace tres años atrás. O más.

Jamás pensé que esto le pueda pasar a De Artículos y Revisiones. No es mi idea. Si alguna vez decido por X razón dejar de publicar aquí, entonces anularé el blog, recogeré mis escritos y quedará completamente vacío, anulado con un mensaje claro que evidencie que no es un zombi, no es un muerto vivo: simplemente, ya no existe más. Los blogs a medio hacer, los paralizados, me dan pena. Me deprimen. Dan una mala imagen de los bloggers en general y me desagradan por eso.

Algunos lectores me cuentan que mi blog les resulta demasiado variado. Yo siempre preferí la variedad, así que no me apabulla la crítica. Pero reconozco que para el usuario que recién llega, que me conoce poco o que no me leyó nunca, quizás encuentre a mi De Artículos y Revisiones algo abrumador. Además, cualquiera podría pensar que si escribo sobre tantos temas, y tantas ramas diferentes del quehacer humano, seguramente es porque conozco, en realidad, muy poco de cada una de ellas. "El que mucho abarca, poco aprieta", como se suele decir. A otros les apetece seguir leyéndome precisamente porque no me circunscribo a un sólo campo y porque así pueden elegir desde qué ángulo leerme.

Por lo pronto, pocas veces me animo a revisarme. Dejo que mis notas sean espontáneas en la mayoría de los casos en que escribo para De Artículos y Revisiones. De vez en cuando atisbo algo de informalidad como ahora para salirme del círculo prestigioso de los seminarios, cursos y ensayos; o bien para entrar en calor, como es el caso, después de un breve receso.

No sé cuáles son las estadísticas exactas al respecto, si gusta más o gusta menos que mi blog cuente con tantas secciones. En lo personal me gusta que mi blog se vea casi como el portal de un diario y cuente con la mayoría de las secciones que incluiría yo en el mío, si fuese jefa de redacción o algo por el estilo. De cualquier forma siempre me da placer y no deja de sorprenderme escuchar a alguien mencionar mi blog, criticarlo, comentarme qué le gustó y qué no. Como estoy acostumbrada a escribir para mí misma desde los doce, todavía no llego a ser consciente de que cuando publico en De Artículos y Revisiones y reenvío el enlace que contiene una nueva entrada a mi prestigiosa élite de lectores, alguien, en definitiva, siempre acaba por leerme. O en fragmentos o en la totalidad de mis notas. Que son largas, en su mayoría.

Pff... Cuánto que escribí, ¡y qué poco que dije! En síntesis: aclaré que estuve de vacaciones y por eso no escribo hace bastante; me tomé el trabajo de despotricar contra los pobres usuarios más ocupados que yo que no encuentran tiempo e inspiración para seguir con sus blogs; informé sobre algunas de las críticas que recibí el año pasado sobre mi sitio y hablé en voz alta sobre lo que implica ser un freelancer en materia de blogs. Diecisiete párrafos; cuatro ideas centrales. Creo que acabo de darme el lujo, una vez más, de aprovechar los recursos de la Web 2.0 y su espacio gráfico cuasi ilimitado. Estoy tranquila.

Para dejar tranquilos a los equilibristas (dudo de que hayan llegado hasta este párrafo los defensores del esqueleto de redacción tradicional), voy a aclarar que la introducción no existe en este texto. Voy a omitir rotular a alguno de los párrafos anteriores como tal, pues uno sólo no me satisface. Y además, como estoy dejando fluir mi consciencia— y en parte también mi inconsciente— me gustaría pensar en esta nota como sólo cuerpo, todo uno. Me siento casi Virginia Woolf por darme el gusto, pero aún no planifico llegar al Paraná para cometer un heroico acto de suicidio así que no, en efecto no soy ella.

UNA Brontë EN MI SOPA
Reminiscencias a partir de El Profesor y las hermanas Brontë...

El Profesor,
de Charlotte Brontë.
El propósito de esta nota era recomendar el volumen que ocupó algunos de mis días durante este enero. Se trata de El Profesor, de Charlotte Brontë.

La verdad es que desconocía la narrativa de Charlotte Brontë. Tenía presente a su Jane Eyre por haber visto una adaptación teatral hace unos años, pero nunca la había leído. 

En general, las hermanas Brontë siempre me cayeron mal por venir de a tres. Es más, siempre procuré mantener distancia de sus obras por un prejuicio que lejos de avergonzarme me enorgullecía, y también porque consideraba que si eran capaces de menospreciar la obra de Jane Austen, mi autora favorita, entonces no merecían mi aprobación.

Hace dos años me topé con el título Agnes Grey en una librería y me lo traje a casa a pesar de que era de una Brontë, de Anne. Había echado un vistazo al estilo y estaba satisfecha porque no distaba en tema y registro de la redacción de Austen. Desde entonces, cada vez que recomendé Agnes Grey lo hice más por sus similitudes con Jane Austen que por mérito propio de la autora.

Cuando alguien recomendaba Cumbres Borrascosas en el Traductorado me hacía la indiferente (todavía le soy indiferente). Cuando me prestaron Jane Eyre en Letras el año pasado entregué Washington Square de James a cambio, pero no me sentí obligada a leer Jane Eyre y lo devolví intacto, sin vergüenza. A esta altura se podría deducir que soy una lectora bastante caprichosa, y hasta algo rebelde. La verdad es que casi nunca me guío por un libro que me recomiendan, más bien me dejo llevar por el instinto. A la hora de elegir qué leer, elijo según mi propia intuición.

Llegué a Charlotte porque hace unos días me acerqué a mi biblioteca a contemplar con culpa los libros que llevo comprados pero que aún no leí. Como mujer soy más peligrosa con los libros que con la ropa a la hora de comprar. Entre otros títulos se encontraban— se encuentran— Estío de Edith Wharton, Las Alas de la Paloma de Henry James... Y también El Profesor. Decidida, tomé El Profesor. Me dije que si una Brontë había pasado mis pruebas sin fundamento, su hermana no podría ser tan aburrida. 

Ja, ¡como si el parentesco tuviera algo que ver con el estilo! No importa. La cuestión era encontrar una excusa para leer el libro, porque de todos modos formaba parte de mi biblioteca hacía algunos años. Y es de hipócritas o desganados tener en su biblioteca un libro que nunca leyeron ni piensan leer. Es para mí como ponderar la modestia cuando se derrocha soberbia y se es un avaro.

En fin, al principio casi no podía leerla a la pobre Charlottë. Qué densa, pensaba. Encima la estaba leyendo en español, no en inglés, y tenía que lidiar con algunas cuestiones de traducción que adivinaba eran el resultado de algún descuido a partir del original. Empecé a saltearme algunas descripciones. Yo no sé por qué se esmeró tanto en describir lugares. Reservar un poco para la imaginación del lector nunca está mal, me decía, pero ésta te cuenta hasta de qué color era el broche del zapato del vecino de la casa de al lado. Que ni siquiera era propiedad del protagonista, era siempre rentada.

Rara vez me obligo a seguir leyendo. Como dí a entender ya detesto la hipocresía y no pretendo ejercerla más a menudo en la lectura de lo que la practico en la vida real. (Para mí la lectura y la vida real son dos mundos diferentes, que a veces se intersecan, pero diferentes). Sabía que si no seguía leyendo a Charlotte Brontë, El Profesor se convertiría en uno más de los tantos libros que cuento en mi haber de aquellos que devolví sin haber pasado de la primera página en su lectura. Mi consuelo sería el mismo de siempre: que lo que no se lee aquí, se lee allá, porque la literatura es como las ruinas circulares de Borges y después de todo  esquivar a determinado autor no implica esquivar sus tópicos. Pero insistí; me insté a seguir leyendo con la esperanza de ver el título del libro reflejarse en la temática más adelante.

Toleré algunos capítulos tediosos, pero el libro en su conjunto me gustó mucho. La vida del protagonista se torna más interesante pasados los primeros seis o siete capítulos. Esto fue lo que me determinó a seguir, recién allí me interesó la novela.

Por un lado la recomiendo porque creo que es bastante realista y puede hacernos sentir identificados a todos los seres humanos que alguna vez tuvimos que lidiar con diez mil obstáculos antes de lograr nuestro cometido. Ya este me parece un tema universal atractivo. El Profesor retrata la viva imagen de un hombre honrado que persigue procurarse sus propios medios para subsistir después de romper lazos con quienes venían sustentando su vida y su formación académica. De un día para el otro se queda sin techo, sin dinero ni contactos, y es consciente de que para conseguir empleo está dispuesto a sacrificarlo todo, aún su dignidad, con tal de poder ganarse el pan como recompensa de su trabajo. El egresado de Eton que se convierte en esclavo de su hermano, su patrón, en una fábrica, acaba por descubrir que su verdadera vocación radica en la docencia, a la cual arriba por fuerza de las circunstancias más que por elección personal.

La novela está repleta de alusiones a los vaivenes de la vida, a la necesidad de apelar a la perseverancia en los tiempos más difíciles y al ser obstinados. Creo que es la lectura ideal para el que se siente cansado de esperar recoger los frutos de un esfuerzo pasado pero constante. Al principio los diálogos son escasos, abundan las descripciones, y esto puede afligir al lector ansioso de los tiempos que corren. Pero si se le da una segunda oportunidad al libro; si el lector se deja llevar por el tempo de la redacción, Charlotte Brontë llega a tener el esperado efecto de un bálsamo para quienes venimos de correr y correr y perseguimos la paz al sentarnos a leer.

Por último (es increíble, pero estoy terminando ya), me falta recomendar mi proceder para con el libro y su autora. No es que me esté felicitando, no. Tan sólo me estoy examinando. Tuve que reconocer que Charlotte Brontë no es mala escritora (y este mala es mi mala, cada uno la evaluará a su juicio). Por haber leído El Profesor, ahora sé que no es la autora de Cumbres Borrascosas, y que si Anne y Charlotte me agradaron, puedo elegir seguir leyendo sus obras, y seguir distanciada de Emily. Deshice el comdo de 3 x 1 que tanto me desagradaba para poner fin al prejuicio y ver por mis propios medios. Le rehuía a las Brontë porque son bastante populares, casi masivas. Pero ahora que leí El Profesor estoy satisfecha con la obra, y no me importa si es la más popular de Charlotte, la menos pulcra o la más criticada. La leí por casualidad, porque la encontré reposando en el estante primero de mi biblioteca y acabó gustándome por una causa: el tema tratado me parece muy noble, me siento identificada con él, y el estilo no me molesta del todo.

De chica rechazaba el lemon pie casero de mi mamá. Decía que no me gustaba, si bien nunca lo había probado y era el postre preferido de toda la familia. Un día en mi adolescencia lo probé. Ahora que me encanta, el lemon pie es un motivo más de discordia entre mi hermano y yo cuando mi mamá prepara uno en casa. No me pasó exactamente lo mismo con Charlotte Brontë, pero la anécdota es parecida. No me fascina, no es uno de mis autores preferidos: sin embargo, la sé valorar, la puedo leer tranquila y podría criticarla si quisiera, independientemente de sus hermanas y de sus obras. En fin, me llevé una sorpresa con El Profesor, pero ahora ya no me sorprende que dedique mi tiempo y mi espacio a recomendarlo. Es un buen libro. Y estoy orgullosa de que forme parte activa de mi biblioteca. ◘ ◘ ◘

2 comentarios:

  1. Buena entrada! (Imito: "Y ese 'buena' es mí 'buena', cada uno la evaluará como quiera.)

    1º) Me pasa de colgarme con mi blog. Tengo muy pocos artículos publicados y poquísimos por publicar, a medio escribir y sin probabilidades de terminarlos en un futuro cercano. Pero bueh... Me gusta manejarlo y hasta me pone de buen humor publicar material, así que no lo voy a abandonar.

    2º) Charlotte Brontë... Estaba seguro de que no te iba a disgustar. La noto más parecida a Anne que a Emily en temática y en estilo. Emily me parece más arrebatada. Es para discutir en la radio, así que me limito a decir eso! jaja

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  2. Definitivamente es para el programa que se viene. Me encanta tu foto de perfil. Es la del chico de un Student's Book. Es genial.

    1) Tu blog no está muerto ni acabado ni desnudo por ahora. Está vigente. Una cosa es publicar poco, o con poca frecuencia. Otra cosa es dejarse vencer y que muera el blog.

    2)Ya dije todo sobre el libro en el artículo... Después hago mi descargo personal cara a cara.

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