07 abril 2013

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer

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 La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer
                                                                                                              
Delfina Morganti Hernández DE ARTÍCULOS Y REVISIONES
                                                                                                              


 La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer.

El único ventilador de pie que está prendido se toma dieciséis segundos largos en decir que no con la cabeza, ocho de idea, ocho de vuelta. El silencio que ventila aturde, y cada vez que a alguien le vibra el teléfono celular, los lectores —entes aislados, despatarrados ante mesas anchas de patrimonial estirpe— alzan la vista repentinamente alarmados, como si los hubieran agarrado desprevenidos. Algunos hasta levantan la cabeza. Por primera vez en una hora.

No, no es un principio de incendio— ¿a alguien le importaría si lo fuera?—; está sonando un celular.

“¡Aaaah!”

Desenrollan las manos —¡tenían manos!— y casi al unísono empiezan a buscar, a desenfundar, a prender o apagar, a tocar un par de minúsculos botoncitos. Suspiran. Con cara de “No, no es el mío”, algunos curiosos, los famosos “distraíbles fáciles”, voltean o miran a la distancia. No les basta con saber que nadie los está llamando a ellos, tienen que saber entonces a quién.

Afuera la claridad enceguece. La mañana ya en transición de mediodía y mediodía, para colmo, nublado, se digna a filtrarse por los espacios abiertos del techo. Las nubes pasan como una proyección de diapositivas en curso, y si los ojos juegan a engañarse, hasta es posible poner en duda la cuestión de si es el hombre el que se mueve o la Tierra la que gira, o las nubes, arrastrando a la Tierra y al hombre, o… ¿Dónde estará Copérnico, dónde Newton, dónde ellos en una biblioteca tan grande?

Si uno quiere hurguetear entre sus propias pertenencias con el inocente fin de atrapar una birome, las miradas lo aniquilan. Son miradas inquisidoras, de sospecha, de esas que ponen los lectores de biblioteca cuando el ruido suena a pecado en el mar de un religioso silencio.

Qué lee el otro es una incógnita sin posibilidades de despeje. Hay una distancia de cementerio entre lector y lector, y cada uno está en su mundo, ejerciendo, satisfecho, jurisdicción sobre una vasta mesa de madera sin lustrar. Qué desperdicio esta mesa, garabateada por los insolentes perros que juegan, como no jugaría ni Silvio Astier, a cometer actos atroces de despiadado vandalismo.

Rumi-Vale-Mari-10/10/02                                                             RC Pu…
Pipi RC. 12/09/03
+SO 05

Un crítico de pop art diría que definitivamente hay art, cultura y comunicación en estas inscripciones de principios de milenio. Nunca más van a salir. La tinta se ha incrustado en la madera.

* * *

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer. Hay libros de lomo grueso, bien grueso, con inscripciones grabadas en oro, títulos tentadores que no pueden tocarse sin pedir permiso.

¿Y pretenden leer? (No me escuchan).

¿Acá? (No les importa, si están leyendo).

¿Acá, en medio de todo este espectáculo?

El silencio aturde. En un arrebato de incalificable impulso, arrimo mi silla al ventilador, que por lo menos susurra, digo, y eso por lo menos es algo más que ustedes, indiferentes, diseminados en mesas ajenas, lejanas.

¿Leer, acá? ¿Acá, donde los libros ancianos piden a gritos que alguien pase a hojearlos, donde el silencio da espasmo y la luz artificial confunde? ¿Cómo serles indiferente, cómo esquivar su presencia? ¿Y los que están allá arriba, y los del costado? ¿Qué serán, quién los habrá escrito? Y esos otros, ¿Qué traerán de nuevo, por qué manos habrán pasado, a quién habrán pertenecido, qué biblioteca habrán habitado en su juventud?

Ah… ¡Los estantes inalcanzables de las bibliotecas perdidas! Cuando era adolescente —penoso comienzo de frase— me gustaba creer que en la habitación trasera de la biblioteca del colegio había libros prohibidos.
Libros prohibidos es un decir; libros desconocidos, libros en otros idiomas, libros “secretos”, llenos de tierra, soslayados, libros solos. Llegué a convencer a mi mejor amiga de que en esa zona de la biblioteca se acumulaban pilas y pilas de libros que podían interesarnos y, que quién sabe, hasta podríamos dar con algún pasadizo a un subsuelo que nos legaría —¿adivinen qué?— más libros. Sí, ya sé, incalculables mis índices de deforestación.

La bibliotecaria dejó de negarnos el acceso, y cada vez que algún acontecimiento “importante” tenía lugar, íbamos allí, conversábamos al respecto mientras explorábamos, tomábamos nota. Aquella habitación en que a duras penas entraba la luz del sol, en que el fresco en pleno verano no era sino producto de la humedad y el encierro, acabó por convertirse en mi rincón en el mundo durante los “años felices”. Cinco minutos en ese lugar eran un viaje a otra época, un viaje, el germen de la reminiscencia futura.

“Hoy subimos por la escalera de caracol hasta el penúltimo escalón. Casi llegábamos a la parte de los de arriba. Shirli me dijo que no subiera más, que nos iban a retar”. A mi amiga le intrigaba encontrar a Dante, que por supuesto o por equivocación, estaba siempre al alcance de la mano. Una magnánima edición de la Commedia llegó a nuestras manos sin que nadie lo supiera.

Por entonces, no me preocupaban demasiado los clásicos; me bastaba con poder pasearme a mis anchas, explorar, desarticular el museo libresco mediante el simple roce de un libro estante. ¿Es que los libros no son para leer?

En más de un recreo gozamos de la adrenalina que generaba ese acceso hacia lo inaccesible; a nadie más dejaban entrar ahí, salvo a nosotras. Algunas veces crujía la madera del piso, o la de la escalera. Mónica, la bibliotecaria, asomaba detrás de la puerta y se nos ponía la piel de gallina: “¿Qué están haciendo?” Muchas veces volví sola, ya no me engañaba. Pero el lugar no había perdido su magia; yo había crecido.

Nunca pasó nada realmente extraordinario en el ala trasera de la biblioteca escolar; lo del pasadizo al subsuelo, por ejemplo, podría, tendría que haber ocurrido. Pero no. Esa escena quedó para la revancha legítima que la ficción permite. No es noticia que la literatura, sobre todo la producida durante la escritura temprana, suele convertirse en una gran compiladora de sucesos truncados y tesoros ridículos.

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer. Y el orden alfabético aburre a los libros, despista a los lectores. Los estantes parecen reclamar un reordenamiento, y si es posible que empiece por el desorden, mejor. Los huéspedes prefieren estancias rotativas. El libro siempre está dispuesto a caminar, por eso nos espera para cruzar de la mano.

¡Perversa iluminación la del deseo que corrompe al no lector de biblioteca! Aunque Silvio Astier no hubiera preguntado, los habría tomado a todos de una vez —otra vez— y se los habría llevado con una mirada ultrajante, una sonrisita libidinosa.

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer. Es un lugar para pararse a escribir. ◘ ◘ ◘




Fotos. 
De Artículos y Revisiones.

1 comentario:

  1. ¡Exquisito Delfi!

    De chico era socio de la biblioteca popular de acá, pero a fuerza de libros jamás retirados y cuotas pagadas en vano al final me terminé borrando. De más está decir que la nuestra es una versión de bolsillo digamos.

    Mi escuela secundaria tenía una biblioteca pobrísima y siempre ocupada por gente webeando.

    En resumen: mi paso por las bibliotecas es casi nulo.

    Por suerte existe la posibilidad de crear bibliotecas personales y dejar que los libros circulen, "caminen" de nuestra mano o solitos. Yo los dejo libres y siempre aparecen en diferente orden. Aunque, pensando mejor, tal vez los cambie la señora que limpia.

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