18 febrero 2013

Siglo XXI: ¿la era del libro de autoyuda?

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El curioso caso de Benjamin Franklin y los libros de autoayud@:
¿A predicar con el ejemplo?
                                                                                           
por Delfina Morganti
AH, Sí, YA SÉ. ¿Libros de autoayuda, dijiste? Qué te puedo decir… “Apuesto a que menos de la mitad de los autores que escriben esta clase de libros cumple con los preceptos y virtudes que en sus mismos libros recomiendo”. Stop. Fin de cita; cita vieja, cita propia.

Hay muchos, hoy en día, que por un motivo u otro optan por confiar sus almas a los denominados libros "de autoayuda”. Otros, muy a pesar de su presente, se muestran escépticos, ridiculizan todo concepto que incluya el prefijo "auto-" y constituyen esa clase de lectores que, con un cierto dejo de desprecio y orgullo, le da vuelta la cara a aquel estante de librería que luce la etiqueta "AUTOAYUDA – ESPIRITUALIDAD”. (P.D: Me costó usar la tercera persona para esta última afirmación, en vez del nosotros inclusivo).

Para aquellos lectores prejuiciosos, términos como “programa de autosuperación” o “reprogramación moral” pueden invitar a la mirada de soslayo, a un involuntario frunce del ceño, a la carcajada burlona y altisonante. Sin embargo, no vamos a negar que las palabras "reprogramación moral" tienen su atractivo. ¿Cómo es eso de la “autosuperación”? ¿Una estrategia más de venta, el souvenir que acompaña las fórmulas de felicidad plena o, por otro lado, una auténtica promesa de que, si “así lo deseo, puedo llegar a cambiar”? En fin, si Benjamin Franklin lo hizo, el “yo también” puedo” le vendrá a usted, lector como anillo al dedo.

Cambio de hábito. “Parece absurdo afirmar que Benjamin Franklin haya sido el padre del género de autoayuda en los Estados Unidos— por lo menos de la rama más dura— pero es irrefutablemente así”, advierte el periodista Andrés Hax en su frase de apertura de “Benjamin Franklin, el precursor” (Revista Ñ, 15-02-13).

Al parecer, el político estadounidense no solo fue el precursor de la filosofía de la autosuperación sino que, además, aun constituye en la actualidad un auténtico ejemplo de autodidacta. Tal como lo parafrasea Hax en su nota, el método franklineano consiste en armar una "grilla con las virtudes en el eje vertical y los días de la semana en el horizontal". En el marco de un disciplinado seguimiento de su propia conducta, al terminar el día día, Franklin colocaba una marquita correspondiente a cada una de sus faltas según la categoría, concentrándose en una sola virtud a alcanzar por semana. Este riguroso método de notación científica parece haber ayudado a Franklin a superar la crisis personal que, a su vez, lo había iniciado en la necesidad de desarrollar un mecanismo de autodefensa eficiente.
Intento de la autora de esta nota de representar la grilla de Franklin,
según paráfrasis de A. Hax.
En efecto, luego de leer esta maravillosa historia de un nadador que por poco se ahogaba y, no obstante, pudo salir a flote por sus propios medios, sin salvavidas auxiliar sino reuniendo sus últimas fuerzas físicas y emocionales para llegar a la superficie, ¿quién dudaría en tirarse a la pileta a ver qué ocurre?

Formación Ética Aplicada I: ¿el camino al éxito emocional? Hax es justo; hacia el final de su artículo no deja de señalar que “el elemento clave siempre es el reconocimiento de que estamos hechos por nuestros hábitos” y, lo que es más importante todavía, si aspiramos a “cambiar lo que somos, lo que tenemos que hacer es cambiar lo que hacemos". Hasta suena poético.

“Easier said than done, doc”, rebate Pat, el personaje interpretado por Bradley Cooper en “El Lado Luminoso de la Vida (Silver Linings Playbook, 2012), en conversación con su psiquiatra. En efecto, del dicho al hecho puede haber un largo camino por recorrer. Pero, recordemos la premisa general de esta nota: si el político estadounidense logró hacerlo…

A simple vista, el régimen moral de Benjamin Franklin podría parecer sencillo de implementar. Basta con visualizar los propios defectos, esquematizar un cuadro de doble entrada, planificar las faltas a erradicar y, ¡voilá! Si usted sigue este plan dentro de los próximos cinco minutos —perdón, quise decir, tres meses—, al cabo de un trimestre habrá conseguido no solo renovar su carácter sino, además, un entorno feliz de regalo. “Pero..." ¡Sh! Y si llama dentro de los próximos cinco minutos (ahora sí), le regalaremos "Emociones Tóxicas" de Bernardo Stamateas. "¿Pero y si no fun...?” Y también le obsequiaremos la pista fantasmagórica Toxic, de la reconocida cantante estadounidense Britney Spears. ¡Por favor! ¿Y si en realidad no necesitáramos un método o un libro que nos diga cómo hacerlo, cómo ser mejores personas? ¡Ajá! Pero, y si… ¿sí lo necesitara? "Lo dudo". Entonces... Pruébelo usted mismo.

El lado oscuro de la propuesta. “Quien compra textos de Jorge Bucay, Pilar Sordo o Bernardo Stamateas […] busca soluciones, no interrogantes", reza un final de párrafo de “Autoayuda,un género que se supera a sí mismo", artículo firmado por Marcos Mayer para Ñ digitalfechado el 15-02-13. 

Muy bien, nos encontramos aquí fuera de las fronteras de un libro de autoayuda de los autores antes mencionados. Así que propongo ir por las laderas de esa montaña cuya cima culmina en la solución a todos nuestros problemas y, ahora, ¡a plantear los interrogantes se ha dicho!

El actor Bradley Cooper en la piel de Pat Solitano, paciente
con trastorno bipolar, en diálogo con su terapeuta.
Es verdad, según dicen, a Franklin le calzó perfecto su método de reprogramación moral. No obstante, pretender distribuir equitativamente el éxito de su método a toda una población, o a más de media sociedad, podría resultar ambicioso. Es decir, hay dos cuestiones primordiales que se nos están escapando si es que solo atinamos a ver el lado luminoso de su grilla mágica. Primero, Franklin desarrolló su propio método a fuerza de las circunstancias— no leyó sobre Benjamín Franklin, el político estadounidense que alcanzó la autosuperación, y luego intentó ver si podía ejecutarlo él mismo, como sí estamos haciéndolo nosotros. Segundo, en un método tan rigurosamente empírico resulta que la figura del sujeto científico coincide con la del objeto de estudio: el hombre trabaja bajo la estricta vigilancia del hombre, el hombre que actúa es el hombre que sanciona. Se trata de la misma persona que busca identificar sus fallas para, él mismo, recriminárselas y luego emprender la conquista de las virtudes que le andan faltando. Insisto, nadie niega que a Franklin le haya funcionado muy bien, pero, ¿y a los demás? ¿Estamos todos igualmente preparados para sentenciarnos al cambio automonitoreado? ¿Estamos todos igual de predispuestos a confiar en nuestro propio juicio y ejercer control genuino sobre nuestros propios actos?

Incluso si así fuera, si uno estuviera listo y convencido de que puede ser relativamente objetivo desde la propia subjetividad, ¿por cuánto tiempo se haría sostenible un método tan riguroso? ¿Cuánto tiempo resistirían nuestra conciencia y nuestro ego la penitencia autoimpuesta, el autocastigo, la insoslayable búsqueda de un mejor ser?

Reiteración de tesis: Franklin no corrió en busca de ningún agente externo que le presentara las respuestas a su crisis. Desde el comienzo hurgueteó en sus adentros, se sirvió de su lógica y de las técnicas comteanas positivistas porque se miró al espejo y, sin titubear, habrá dicho, “Sí, estoy dispuesto a desafiarme, a probarme a mí mismo que puedo ser mejor que yo". Allí hay autodeterminación incluso antes de diagramar un cuadro de virtudes y defectos, del mal y el bien que nos habita. No quiero ser aguafiestas, pero los demás estamos, en parte, un tanto en desventaja con respecto a él: si intentáramos el método de Franklin, lo haríamos bajo la influencia de habernos informado al respecto, de haber dicho “Y bueh, ¿qué más podría perder?". Ese toque del hacer “por iniciativa propia” quedaría, por defecto, fuera de nuestro emprendimiento de reprogramación moral. Y quizás fue precisamente gracias a su esencia autodidacta que este hombre logró lo que se propuso; en suma, él contaba con algo que a muchos les costará tiempo de trabajo previo incorporar.


Usuarios del método. Benjamin Franklin —a quien no tuve la oportunidad de conocer— debió ser un tipo, como diríamos vulgarmente, con los h———— bien puestos, más cerca de estar en sus cabales que lejos del ideal de mens sana in corpore sano. No debe ser tan fácil, aun teniendo la tablita frente a los ojos, apuntar registro de aquella parte de nosotros que más nos disgusta, día tras día, con la esperanza y el esmero de pulir las sobras negativas.

Con todo, visualizo dos posibles extremos de potenciales usuarios del citado método, aunque en el medio quizá haya un par de grises. Por un lado, aquellos cuya autoestima no se encuentre precisamente en lo más alto de lo alto podrían estancarse en una racha de negatividad. En otras palabras, si uno apunta diariamente sus faltas, las tiene en la mira y tan al alcance de la mano, puede que se detenga a pensar que ya de entrada son demasiadas, y que el, “¡Oh, por Dios! Jamás lograré sacarme bueno de esta”, invada y perturbe, y finalmente obstruya, siquiera el comienzo de la puesta en práctica de la autosuperación. Para quienes duden de sí, quizás sea útil pronosticar para atrás con lo siguiente: si Franklin pudo, es porque se dio con ese látigo de entrada. "En su autobiografía cuenta que al comenzar con este plan se sorprendió al ver que tenía muchas más faltas de lo que se imaginaba, pero que –por otro lado– le dio satisfacción ver cómo iban disminuyendo con el tiempo", dice Hax. ¿Y bien? Franklin tuvo la lucidez de identificar cuáles eran realmente sus faltas y cuáles quería cambiar por virtudes. Después de las heridas que semejante reconocimiento de sí infringe al propio ego y a la conciencia, el tipo se levantó y tuvo la valentía de volver a apostar a sí mismo, a creerse, lo cual lo ayudó a recomponerse sobre la marcha.

Ahora bien, si hay en el mundo personas a las que les aterra la idea de asumir la responsabilidad de la autovigilanacia, ya sea por falta de confianza en sí mismas, carencia de cojones, disciplina o lo que fuera, estoy segura de que aquellos que se creyeran demasiado “casi ángeles” también se sentirían impedidos a la hora de poner en práctica semejante plan.

“¿Por qué cambiar si así estoy bien y no jorobo a nadie? o “Si de verdad me quiere, que me quiera como soy" o "No veo nada de malo en ser un poquito orgulloso; eso es lo único que les infunde respeto hacia mi persona" suelen ser los típicos pensamientos de los que consideran absurda la sola idea de intentar un cambio, precisamente, porque en realidad “no lo necesitan”.

Para alcanzar una meta, como lo hizo Franklin, hay que estar dispuesto a autoimponérsela primero, a añorar realmente siquiera intentar llevar a cabo un plan de búsqueda que sí, es verdad, a veces termina en el fracaso, pero a lo mejor nos conduce a lo opuesto. Por más que armemos la grilla más coqueta, si en los hechos no ponemos en práctica la ambición de ser mejores personas, ¿de qué nos serviría el registro meticuloso de nuestros más inmorales actos?

Sobre el potencial efecto “rebote”. Eso sí, no nos engañemos. Por otra parte, es probable que muchos de nosotros necesitemos el cambio. No hace falta ser un criminal para precisar la autosuperación. No soy psicóloga, no intento serlo, pero pienso lo siguiente: ¿Y si una vez emprendido, nuestro método se volviera en nuestra contra? ¿Si se tornara nocivo para la propia conciencia exigirnos por escrito —¡y por adelantado!— las virtudes a adoptar en reemplazo de nuestros defectos? En ese caso, estaríamos solos, al igual que al principio del juego: no habría salidas de emergencia, ni lásers que detectaran que, a pesar de las buenas intenciones, la grilla nos está empezando a mostrar más de lo que estábamos listos para ver . ¿Y si terminamos haciéndonos mala sangre, frustrándonos antes de empezar o en el medio del camino, sintiéndonos peor de lo que nos sentíamos antes de iniciar la transformación?

“¿Es que acaso no bastan las moralejas de las fábulas que les contamos a nuestros hijos, los terapeutas con sus ingeniosas preguntas retóricas, el decálogo de las sagradas escrituras, la confesión dominical?” podría reprochar un rebelde (¿con/sin?) causa. Muchas personas pensarán que Franklin estaba obsesionado con buscar la perfección, que por eso tuvo la necesidad de proyectar en papel la idea de una versión mejorada de sí mismo. Al mismo tiempo, la desconfianza es inevitable: ¿se puede creer en uno mismo a la hora de refaccionar el propio ser?
El personaje de Tom Cruise se debate entre seguir viviendo en 
un mundo perfecto pero falso o bien retornar a la cruda realidad.
Lo confieso, releo mis líneas y noto que por muy poco no peco de escéptica, aunque definitivamente sí de relativista. Como Max Weber cuando intentó buscarle otra vuelta de tuerca a la tradición positivista legada por sus colegas Auguste Comte y Émile Durkheim, mi nota está al borde de morderse la cola; al escribirla me siento atrapada en un círculo vicioso. Pero lo advertí, aquí, a diferencia de los libros de autoayuda, se busca plantear algunos interrogantes. Quisiera tener fórmulas mágicas en oferta, pero si así fuera, no estaría escribiendo tanto sobre este tema, queridos lectores. Antes bien ya me encontraría disfrutando de algo así como my perfect second life, al igual que el personaje de Tom Cruise en "Vanilla Sky"¡Y eso que nunca pensé que tendría tanto para reflexionar acerca de los libros de autoayuda!
Un momento, todavía puedo salvar este artículo… 

¿No nos pasa lo mismo con las agendas? ¿No existe gente que, como yo, se apunta más de lo que las veinticuatro horas del día le permitirán hacer? Hay que reconocerlo, Franklin fue más realista: fijarse metas a corto plazo, concentrarse en una virtud cada siete días. Hm... No estaría mal. Lo que uno no logra hoy, esas faltas que hoy comete, podrían corregirse mañana. Y así la sensación de haber obrado mal, sin querer o queriendo, no sería tan pronunciada. Hm... Lo estoy volviendo a pensar.

No lo sé, si vamos a entrar en guerra contra nuestro propio yo, propongo que lo acribillemos desde todos los ángulos posibles, o casi. En los tiempos que corren, la grilla de autosuperación de Franklin parece necesitar de artillería pesada para complementarla, a saber:
*Una equilibrada rutina de ejercitación física —preferentemente boxeo o yoga— suena como una meta factible en conjunto con la práctica de los buenos hábitos diarios. El boxeo nos permitiría golpear sin golpearnos directamente a nosotros mismos, y así descargar la ira contra nuestras faltas al tiempo que liberamos la dosis de endorfinas justa sin llegar a lastimarnos; el yoga, con un poco de musiquita a lo Enya de fondo, nos restituiría la paz, la confianza, las ganas de seguir adelante con nuestro plan. Los efectos de la introspección, la meditación consciente y la respiración in, out, in, out podrían hacer maravillas por un ego que, al final de una desgastante jornada de autosuperación, necesitara relajarse un poco.
*Un confidente o, en su defecto, un cuaderno en rol de pseudo-diario íntimo. Los quitapesares y esa clase de anotadores que están tan de moda hoy en día podrían resultar útiles para los que no pudiéramos contar con un confidente verdaderamente leal y serio, de carne y hueso. 

*Un entorno que valore y reconozca nuestro progreso. Si no vamos a autopremiarnos con bombones de chocolate cada vez que las cosas nos salgan según lo planeado, entonces, por lo menos, hay que exigir que venga alguno a ofrecernos cumplidos del estilo, “Pero qué agradable te has vuelto, Juancito”. Y en ese tono, como en las novelas y las películas dobladas. 
Ya sé, ya sé… No puedo dejar de relativizar el método que, por otro lado, ya casi me está convenciendo. A lo mejor, simplemente soy de esos que fallan a priori porque les cuesta creer que lo necesitan— ¡qué horrible! Si es así, estoy perdida. El régimen de Benjamin Franklin es para los que saben ponerse en la balanza y calcular bien los defectos que ya les quedan de más. ¿Podré yo hacer eso? A ver… En mi haber cuento, entre otros muchos: egoísmo, impaciencia, vanidad… Y, si lo pienso rápidamente, lo que quisiera adquirir en su lugar es: generosidad, templanza, autorelegción… Hm... ¡Cómo cuesta! Mejor dejo de escribir y me pongo a armar la grilla. Franklin no hará nada por los que se quedan de brazos cruzados o, peor aun, los que usan las manos para escribir de todo menos un plan de reprogramación moral. En fin, ¿qué más da? Grilla de virtudes y defectos, ¡¿allá voy?! ◘ ◘ ◘

3 comentarios:

  1. At last you've featured Ms. Spears in your writing!! It's for comic effect, but anyway... It's a start, right?

    Yo tampoco soy adepto a la literatura de autoayuda que se vende como tal. En realidad hay mucha literatura que nos enseña de que se trata la vida, pero no se publicita ni se vende como tal. Los clásicos, de hecho, tienen una sabiduría inconmensurable. Y no andan haciendo marketing.
    Después están los libros sagrados. El Corán, la Biblia, el Bhagavad-Gita. Yo leo (a veces) sólo la segunda, pero ahí se aprende muchísimo sobre como ser cada vez mejor.
    Y en última instancia tenés a Moria Casán y sus frases tipo "Mejor me perjudica" o "El universo conspira a mi favor" (sacada de Cohelo, creo).

    En general yo tengo muy poco de AUTO-ayuda, pienso más en que los que me rodean estén bien. Suelo relegarme. Quizás demasiado. Igual tampoco me doy aires de ermitaño sabelotodo. Trato de ayudar con mi pequeña experiencia y aún menor sabiduría, con algunas premisas inquebrantables (que, repito, a veces quiebro cuando se trata de mí).

    Igualmente pienso que la literatura de autoayuda es un fenómeno editorial y hay mucha gente que la consume. Si a alguien le sirve, perfecto. A mí no. Yo no voy a lograr detener ese consumo, pero me reservo el derecho individual de la rebeldía. Suelo pensar "Mi no-consumo al autor le importa un carajo, pero a mí no". De esa manera logro dos cosas a la vez: no comprarle el librito y escupirle los consejos con mi orgullo más orgulloso.

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  2. Ms Spears, por favor... En fin, calzaba en el párrafo, what can I say? Hoy en día la literatura toda no creo que pueda dejar de ser fenómeno editorial... Orgullo, una falta a incorporar a la grilla, jeje. Y Prejuicio.

    ¡Gracias por comentar aquí, en blog!

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  3. Me alegro que, aunque sea en joda, la incluyas. Yo tmb he aprendido a reirme de ella. E incluso ella misma lo hace indirectamente.

    Obviamente la literatura ES fenómeno editorial, aunque creo que a veces la industria editorial genera espacios más abiertos a algunos tipos de literaturas según la conveniencia económica (como es el caso de la literatura que nos compete).

    En cuanto al orgullo, bueh... Nunca está de más un poquito. Siempre que sea autoestima, no afecta. Y el prejuicio sí, está mal. Tiene raíz en el orgullo, es un efecto secundario bastante dañino (para los demás).

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