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24 mayo 2014

Brainy Bike, la revolución en ciclismo urbano

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El furor de las luces “Brainy Bike”:
la revolución en ciclismo urbano

        | DE ARTÍCULOS Y REVISIONES

En Londres, cuando un ciclista muere, su bici sigue viva. ¿Cómo es eso? Sus familiares, amigos, y muchas veces otros ciclistas se dedican a crear una zona “in memoriam” cerca del punto en que el ciclista fue atropellado. Allí, instalan una bici a la que previamente le quitan los frenos o los pedales y la pintan de blanco, junto con unos ramos de flores alrededor para conmemorar su fallecimiento: la idea es llamar la atención de los automovilistas y otros conductores para generar mayor conciencia sobre los riesgos a los que está expuesto el ciclista urbano. 


Las “ghost bikes” (“bicis fantasma”) no forman parte de una tendencia reciente en el mundo: ya existía un caso que impactó a la comunidad de Anchorage (Alaska, EE. UU.) en 2008 mientras que, según lo que se lee en la prensa, en Londres la tendencia empezó a hacerse más popular hacia el 2011. Un artículo publicado por el Guardian que data de noviembre de ese año incentivaba a los ciclistas londinenses a sumarse a la campaña de trazar un mapa de las “bicis fantasma” para que los accidentes y víctimas fatales no pasaran desapercibidos.

El objetivo es, sin dudas, concientizar al resto de los conductores de la vía urbana para que lejos de espantarse ante los riesgos que presenta el ciclismo urbano, los ciclistas se hagan cada vez más presentes en las calles sin el temor constante de morir en el intento. Para eso hace falta contar con una política de seguridad en materia de transporte que incentive a los ciudadanos de cualquier ciudad (no solo de las europeas) a usar la bici con confianza, sin sentir que se están exponiendo demasiado o que no vale la pena incorporar un hábito tan sano como es el de ir al trabajo, a la facultad, de paseo o a hacer ejercicio en dos ruedas.

Las “Brainy Bike”, 
el sueño de todo ciclista
Hoy en día se puede decir que Londres cuenta con la llave del éxito para fomentar la concientización que buscaba entre sus automovilistas. Se trata de las luces “Brainy Bike”, unos dispositivos de luz con energía LED que muestran a un ciclista andando en bici, muy parecido al símbolo que vemos incorporado en el semáforo de la bicisenda de calle Salta, solo que el de las Brainy Bike viene en colores rojo y blanco.

Según Crawford Hollingworth, científico especialista en ciencias de la conducta y creador de las luces Brainy Bike, la ventaja de estos dispositivos es que, a diferencia de las luces rojas convencionales que solemos colocar en la parte de atrás de la bici, los automovilistas suelen detectar las Brainy Bike en mucho menos tiempo y con mayor facilidad, tanto de día como de noche (aunque por su diseño se ven más de noche).

“Tenía amigos que cuando llegaban al trabajo casi siempre me comentaban que habían tenido que frenar de golpe para evitar chocar un auto porque ni los habían visto o que un espejo retrovisor les había agarrado el brazo”, le contó Hollingworth al Guardian que, en su edición digital del martes 22 de abril de este año, publicó una nota en homenaje al invento. En la nota, el científico advierte que la idea de crear las Brainy Bikes se le ocurrió al notar la creciente cantidad de accidentes por atropello de ciclistas, además del auge de las “bicis fantasma” que empezaban a copar las calles de la ciudad.

¿Y qué tienen que ver las ciencias de la conducta con el tema de la seguridad en ciclismo urbano?

“Cuando vas manejando, tu cerebro recibe todo tipo de estímulos y les tiene que dar algún sentido. Este proceso es algo que se da en milisegundos, y sobre todo a un nivel inconsciente”, señaló. “A esto hay que sumarle que si manejás en una ciudad, lo más probable es que estés agotado y en situación de estrés. A lo mejor tenés que salir a trabajar a la mañana temprano cuando todavía estás abriendo los ojos, o se te hace de noche y tenés que volver a tu casa al final de un día difícil. El tráfico y el ruido te irritan y, en otras palabras, tu cerebro se encuentra bajo presión. Encima te toca decidir si esa lucecita roja que tenés adelante es de un ciclista, parte de algún otro auto o el mero reflejo de una vidriera que estás pasando. Si uno no ayuda al cerebro a que sea eficiente en términos cognitivos, ahí es cuando surgen las dificultades y el cerebro padece el esfuerzo, motivo por el cual mucha gente ni siquiera llega a ver a los ciclistas, o por lo menos no los detecta con suficiente claridad”.

En definitiva, reformulando a Hollingworth, la idea que subyace a la creación de estas luces tiene que ver con que estimulan al cerebro para que reaccione de un modo más rápido y eficaz, al tiempo que dejan un menor margen de duda y mayor porcentaje de reacción para los otros conductores que enseguida tienden a asociar el símbolo de la Brainy Bike con la presencia real de un ciclista.

Por si no me creen, hay un estudio que lo prueba: si uno entra al sitio oficial de las “Brainy Bikes” en brainybikelights.com, en la página de inicio, a la derecha, basta con hacer clic en “How fast can you spot Brainy Bike Lights?” y, enseguida, se abre una ventana emergente donde se puede vivir el experimento en carne propia: la prueba es ante todo visual y apunta a evaluar dos variables en conjunto, que son la rapidez y la precisión con que el ojo del voluntario detecta una luz individual. ¿La consigna? No hay que pensar demasiado, basta con responder con la mayor rapidez y precisión posibles. Lo bueno es que el usuario puede conocer los resultados en segundos y sí, lo más probable es que le digan que vio las “Brainy Bike” en menor cantidad de milisegundos que las luces convencionales. El enlace a la prueba es este: http://www.opensourcesci.com/experiments/bike/

Artículos recomendados

-¿Por qué usar la bici? 

http://rosarioenbici.com/2013/10/por-que-usar-la-bici/

-Transformación urbana equitativa 

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/22-32599-2012-02-21.html

-Plano ciclista 

-Six smart bike safety gadgets
-cleta, La bici [un corto donde las bicis bailan] 

http://vimeo.com/73045532


Fuentes
-Brainy Bike Lightshttp://www.brainybikelights.com/ 
-Bike symbol lights aim to cut cycling accidentshttp://road.cc/content/news/115817-bike-symbol-lights-aim-cut-cycling-accidents 
-Could tricks from behavioural science help make city cycling safer?http://www.theguardian.com/cities/2014/apr/22/city-cycling-safety-tricks-behavioural-science/print

18 junio 2013

E-BOOKS

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PAPER BOOKS VS E-BOOKS?


Whatever happened to paper books!

Delfina Morganti Hernández DE ARTÍCULOS Y REVISIONES

WHEN MR GUTENBERG'S MOVABLE TYPE PRINTING PRESS began to operate in 1450, the times of copying text by hand gradually began to envision their sharp end. While this advance implied a major day for book and book reading itself, the possibility of a massive distribution of text was also about to change the history of accessibility to reading. Six or so centuries later, paper books are experiencing the same awkward feeling of not being as coveted now as they used to be. In short, their once well-deserved status of ‘unbeatable stars of the century’ is long ago being said to verge on the edge of extinction. Chances of survival? Paper books: 40% —e-books: 100%!

Though many will come to attribute the lack of enthusiasm for paper books to the existence of computers—computers, alas, what an old-fashioned word to type!— others have often pointed their unwavering finger in the always tempting direction of the tee-vee. The truth about diehards taking pride in contrastive analysis of Western society’s moves throughout the history of communication is that they'll usually put the blame on both, computer and television, asserting that the humankind’s Golden Age dates back to the old-time radio days.
Whatever the reason for e-books’ popularity, though, there’s (concerning?) evidence that more and more chronic readers are currently swaying away from their once praised sources of pleasure towards the upcoming high-tech peeps and beeps of mobile phones, i-pads and tablets, whatever state-of-the-art gadget that comes in their way and has the capacity to store entire literary masterpieces.

While some of us keep writing about it, more passionate advocates of scepticism may come to rate all this titter-and-tatter about e-books conquering paper books’ place as sheer blabbering. Just as Edith Wharton called reading a vice in her ground-breaking essay The Vice of Reading, so, perhaps, would they: “That "diffusion of knowledge" commonly classed with sleam-heat and universal suffrage in the category of modern improvements, has incidentally brought about the production of a new vice— the vice of reading.” In any case, why bother trying to keep reading, anyway?
ANOTHER ONE BITES THE DUST? If reading as a habit, an exercise, a cultural practice were about to disappear due to the relentless emergence of more and more digital books, then why would anyone bother creating an e-book at all? And why would anyone bother buying one?

True, younger generations would rather spend two hours flipping through their Facebook friends’ photo albums than reading the first three chapters of a classic. Still, e-books’ sales keep rising. Also, more and more Websites are being created so that access to copywright-free works can be more equally widespread: Project Gutenberg, Google Books and their ‘preview’ fashion, online-literature.com, weblogs and e-learning online platforms —not to mention Wikipedia.org’s worldwide popularity— are all adding up to their Website visits every day. So reading is not, of all “vices”, on the verge of extinction. The paper book, the book as an actual, touchable, flappable object, may be.

DIDEROT’S DREAM COME TRUE. ‘I dare challenge any one, any one, to come up with a better encyclopaedia than Wikipedia,” said Héctor Piccoli, senior German Literature Professor and German-Spanish translator for the National University of Rosario, a couple of months ago during a presentation on Book’s Day.

Piccoli, creator of Transgrama, asserted that a vast majority of readers are experiencing the illusion of a “false rivalry between the printed book and the electronic one.” In his own words, there seems to be a sort of “bibliophile romanticism” going around, under which diehard readers look on their paper-book practices with an increasingly wistful eye. These readers come to highlight the irreplaceable pleasure they often take in being able to actually embrace their book, in going to bed, to the beach, to the doctor’s, book in hand: “They’ll even tell you they won’t take their shower unless they can take their book with them, come on!"

As a matter of fact, even journalists are quite ready to bounce back, keeping an eye on the most efficient technology for news readers and adjusting to the latest in hip so as to keep following the tide. Where? Towards the electronic reading of news articles and events. The traditionally designed news article with a catchy phrase for the title, an accessory picture in central position and a comprehensive telling through the what-where-and-when outline is nowadays rated as dated, absolutely unattractive, unwelcome and consequently unreadable after the first five seconds of exposure are off. Yep, you know what they say: it’s all in the eye of the beholder— the reader, now primarily turned into a user.

DESGINGING THE FUTURE OF PAPER BOOK? Below the article Not so Fast, E-Textbooks: The Battle Between Digital and Print, an easy-to-follow chart quickly presents us with some statistics on the impact of paper and digital textbooks when it comes to the crucial field of education in America. With a truly eye-catching design, the chart reads like a truly dynamic, quite gripping slideshow. The conclusion reached by the time the presentation is over might catch a dozen unawares. But, let's have a look at it, it's no news that pictures would always rather speak for themselves:

E-Textbooks Infographic
Attribution. OnlineDegrees.org.
SOURCE: 
http://www.onlinedegrees.org/e-textbooks-vs-print-textbooks

07 abril 2013

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer

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 La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer
                                                                                                              
Delfina Morganti Hernández DE ARTÍCULOS Y REVISIONES
                                                                                                              


 La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer.

El único ventilador de pie que está prendido se toma dieciséis segundos largos en decir que no con la cabeza, ocho de idea, ocho de vuelta. El silencio que ventila aturde, y cada vez que a alguien le vibra el teléfono celular, los lectores —entes aislados, despatarrados ante mesas anchas de patrimonial estirpe— alzan la vista repentinamente alarmados, como si los hubieran agarrado desprevenidos. Algunos hasta levantan la cabeza. Por primera vez en una hora.

No, no es un principio de incendio— ¿a alguien le importaría si lo fuera?—; está sonando un celular.

“¡Aaaah!”

Desenrollan las manos —¡tenían manos!— y casi al unísono empiezan a buscar, a desenfundar, a prender o apagar, a tocar un par de minúsculos botoncitos. Suspiran. Con cara de “No, no es el mío”, algunos curiosos, los famosos “distraíbles fáciles”, voltean o miran a la distancia. No les basta con saber que nadie los está llamando a ellos, tienen que saber entonces a quién.

Afuera la claridad enceguece. La mañana ya en transición de mediodía y mediodía, para colmo, nublado, se digna a filtrarse por los espacios abiertos del techo. Las nubes pasan como una proyección de diapositivas en curso, y si los ojos juegan a engañarse, hasta es posible poner en duda la cuestión de si es el hombre el que se mueve o la Tierra la que gira, o las nubes, arrastrando a la Tierra y al hombre, o… ¿Dónde estará Copérnico, dónde Newton, dónde ellos en una biblioteca tan grande?

Si uno quiere hurguetear entre sus propias pertenencias con el inocente fin de atrapar una birome, las miradas lo aniquilan. Son miradas inquisidoras, de sospecha, de esas que ponen los lectores de biblioteca cuando el ruido suena a pecado en el mar de un religioso silencio.

Qué lee el otro es una incógnita sin posibilidades de despeje. Hay una distancia de cementerio entre lector y lector, y cada uno está en su mundo, ejerciendo, satisfecho, jurisdicción sobre una vasta mesa de madera sin lustrar. Qué desperdicio esta mesa, garabateada por los insolentes perros que juegan, como no jugaría ni Silvio Astier, a cometer actos atroces de despiadado vandalismo.

Rumi-Vale-Mari-10/10/02                                                             RC Pu…
Pipi RC. 12/09/03
+SO 05

Un crítico de pop art diría que definitivamente hay art, cultura y comunicación en estas inscripciones de principios de milenio. Nunca más van a salir. La tinta se ha incrustado en la madera.

* * *

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer. Hay libros de lomo grueso, bien grueso, con inscripciones grabadas en oro, títulos tentadores que no pueden tocarse sin pedir permiso.

¿Y pretenden leer? (No me escuchan).

¿Acá? (No les importa, si están leyendo).

¿Acá, en medio de todo este espectáculo?

El silencio aturde. En un arrebato de incalificable impulso, arrimo mi silla al ventilador, que por lo menos susurra, digo, y eso por lo menos es algo más que ustedes, indiferentes, diseminados en mesas ajenas, lejanas.

¿Leer, acá? ¿Acá, donde los libros ancianos piden a gritos que alguien pase a hojearlos, donde el silencio da espasmo y la luz artificial confunde? ¿Cómo serles indiferente, cómo esquivar su presencia? ¿Y los que están allá arriba, y los del costado? ¿Qué serán, quién los habrá escrito? Y esos otros, ¿Qué traerán de nuevo, por qué manos habrán pasado, a quién habrán pertenecido, qué biblioteca habrán habitado en su juventud?

Ah… ¡Los estantes inalcanzables de las bibliotecas perdidas! Cuando era adolescente —penoso comienzo de frase— me gustaba creer que en la habitación trasera de la biblioteca del colegio había libros prohibidos.
Libros prohibidos es un decir; libros desconocidos, libros en otros idiomas, libros “secretos”, llenos de tierra, soslayados, libros solos. Llegué a convencer a mi mejor amiga de que en esa zona de la biblioteca se acumulaban pilas y pilas de libros que podían interesarnos y, que quién sabe, hasta podríamos dar con algún pasadizo a un subsuelo que nos legaría —¿adivinen qué?— más libros. Sí, ya sé, incalculables mis índices de deforestación.

La bibliotecaria dejó de negarnos el acceso, y cada vez que algún acontecimiento “importante” tenía lugar, íbamos allí, conversábamos al respecto mientras explorábamos, tomábamos nota. Aquella habitación en que a duras penas entraba la luz del sol, en que el fresco en pleno verano no era sino producto de la humedad y el encierro, acabó por convertirse en mi rincón en el mundo durante los “años felices”. Cinco minutos en ese lugar eran un viaje a otra época, un viaje, el germen de la reminiscencia futura.

“Hoy subimos por la escalera de caracol hasta el penúltimo escalón. Casi llegábamos a la parte de los de arriba. Shirli me dijo que no subiera más, que nos iban a retar”. A mi amiga le intrigaba encontrar a Dante, que por supuesto o por equivocación, estaba siempre al alcance de la mano. Una magnánima edición de la Commedia llegó a nuestras manos sin que nadie lo supiera.

Por entonces, no me preocupaban demasiado los clásicos; me bastaba con poder pasearme a mis anchas, explorar, desarticular el museo libresco mediante el simple roce de un libro estante. ¿Es que los libros no son para leer?

En más de un recreo gozamos de la adrenalina que generaba ese acceso hacia lo inaccesible; a nadie más dejaban entrar ahí, salvo a nosotras. Algunas veces crujía la madera del piso, o la de la escalera. Mónica, la bibliotecaria, asomaba detrás de la puerta y se nos ponía la piel de gallina: “¿Qué están haciendo?” Muchas veces volví sola, ya no me engañaba. Pero el lugar no había perdido su magia; yo había crecido.

Nunca pasó nada realmente extraordinario en el ala trasera de la biblioteca escolar; lo del pasadizo al subsuelo, por ejemplo, podría, tendría que haber ocurrido. Pero no. Esa escena quedó para la revancha legítima que la ficción permite. No es noticia que la literatura, sobre todo la producida durante la escritura temprana, suele convertirse en una gran compiladora de sucesos truncados y tesoros ridículos.

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer. Y el orden alfabético aburre a los libros, despista a los lectores. Los estantes parecen reclamar un reordenamiento, y si es posible que empiece por el desorden, mejor. Los huéspedes prefieren estancias rotativas. El libro siempre está dispuesto a caminar, por eso nos espera para cruzar de la mano.

¡Perversa iluminación la del deseo que corrompe al no lector de biblioteca! Aunque Silvio Astier no hubiera preguntado, los habría tomado a todos de una vez —otra vez— y se los habría llevado con una mirada ultrajante, una sonrisita libidinosa.

La biblioteca no es un lugar para sentarse a leer. Es un lugar para pararse a escribir. ◘ ◘ ◘




Fotos. 
De Artículos y Revisiones.

18 febrero 2013

Siglo XXI: ¿la era del libro de autoyuda?

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El curioso caso de Benjamin Franklin y los libros de autoayud@:
¿A predicar con el ejemplo?
                                                                                           
por Delfina Morganti
AH, Sí, YA SÉ. ¿Libros de autoayuda, dijiste? Qué te puedo decir… “Apuesto a que menos de la mitad de los autores que escriben esta clase de libros cumple con los preceptos y virtudes que en sus mismos libros recomiendo”. Stop. Fin de cita; cita vieja, cita propia.

Hay muchos, hoy en día, que por un motivo u otro optan por confiar sus almas a los denominados libros "de autoayuda”. Otros, muy a pesar de su presente, se muestran escépticos, ridiculizan todo concepto que incluya el prefijo "auto-" y constituyen esa clase de lectores que, con un cierto dejo de desprecio y orgullo, le da vuelta la cara a aquel estante de librería que luce la etiqueta "AUTOAYUDA – ESPIRITUALIDAD”. (P.D: Me costó usar la tercera persona para esta última afirmación, en vez del nosotros inclusivo).

Para aquellos lectores prejuiciosos, términos como “programa de autosuperación” o “reprogramación moral” pueden invitar a la mirada de soslayo, a un involuntario frunce del ceño, a la carcajada burlona y altisonante. Sin embargo, no vamos a negar que las palabras "reprogramación moral" tienen su atractivo. ¿Cómo es eso de la “autosuperación”? ¿Una estrategia más de venta, el souvenir que acompaña las fórmulas de felicidad plena o, por otro lado, una auténtica promesa de que, si “así lo deseo, puedo llegar a cambiar”? En fin, si Benjamin Franklin lo hizo, el “yo también” puedo” le vendrá a usted, lector como anillo al dedo.

Cambio de hábito. “Parece absurdo afirmar que Benjamin Franklin haya sido el padre del género de autoayuda en los Estados Unidos— por lo menos de la rama más dura— pero es irrefutablemente así”, advierte el periodista Andrés Hax en su frase de apertura de “Benjamin Franklin, el precursor” (Revista Ñ, 15-02-13).

Al parecer, el político estadounidense no solo fue el precursor de la filosofía de la autosuperación sino que, además, aun constituye en la actualidad un auténtico ejemplo de autodidacta. Tal como lo parafrasea Hax en su nota, el método franklineano consiste en armar una "grilla con las virtudes en el eje vertical y los días de la semana en el horizontal". En el marco de un disciplinado seguimiento de su propia conducta, al terminar el día día, Franklin colocaba una marquita correspondiente a cada una de sus faltas según la categoría, concentrándose en una sola virtud a alcanzar por semana. Este riguroso método de notación científica parece haber ayudado a Franklin a superar la crisis personal que, a su vez, lo había iniciado en la necesidad de desarrollar un mecanismo de autodefensa eficiente.
Intento de la autora de esta nota de representar la grilla de Franklin,
según paráfrasis de A. Hax.
En efecto, luego de leer esta maravillosa historia de un nadador que por poco se ahogaba y, no obstante, pudo salir a flote por sus propios medios, sin salvavidas auxiliar sino reuniendo sus últimas fuerzas físicas y emocionales para llegar a la superficie, ¿quién dudaría en tirarse a la pileta a ver qué ocurre?

Formación Ética Aplicada I: ¿el camino al éxito emocional? Hax es justo; hacia el final de su artículo no deja de señalar que “el elemento clave siempre es el reconocimiento de que estamos hechos por nuestros hábitos” y, lo que es más importante todavía, si aspiramos a “cambiar lo que somos, lo que tenemos que hacer es cambiar lo que hacemos". Hasta suena poético.

“Easier said than done, doc”, rebate Pat, el personaje interpretado por Bradley Cooper en “El Lado Luminoso de la Vida (Silver Linings Playbook, 2012), en conversación con su psiquiatra. En efecto, del dicho al hecho puede haber un largo camino por recorrer. Pero, recordemos la premisa general de esta nota: si el político estadounidense logró hacerlo…

A simple vista, el régimen moral de Benjamin Franklin podría parecer sencillo de implementar. Basta con visualizar los propios defectos, esquematizar un cuadro de doble entrada, planificar las faltas a erradicar y, ¡voilá! Si usted sigue este plan dentro de los próximos cinco minutos —perdón, quise decir, tres meses—, al cabo de un trimestre habrá conseguido no solo renovar su carácter sino, además, un entorno feliz de regalo. “Pero..." ¡Sh! Y si llama dentro de los próximos cinco minutos (ahora sí), le regalaremos "Emociones Tóxicas" de Bernardo Stamateas. "¿Pero y si no fun...?” Y también le obsequiaremos la pista fantasmagórica Toxic, de la reconocida cantante estadounidense Britney Spears. ¡Por favor! ¿Y si en realidad no necesitáramos un método o un libro que nos diga cómo hacerlo, cómo ser mejores personas? ¡Ajá! Pero, y si… ¿sí lo necesitara? "Lo dudo". Entonces... Pruébelo usted mismo.

El lado oscuro de la propuesta. “Quien compra textos de Jorge Bucay, Pilar Sordo o Bernardo Stamateas […] busca soluciones, no interrogantes", reza un final de párrafo de “Autoayuda,un género que se supera a sí mismo", artículo firmado por Marcos Mayer para Ñ digitalfechado el 15-02-13. 

Muy bien, nos encontramos aquí fuera de las fronteras de un libro de autoayuda de los autores antes mencionados. Así que propongo ir por las laderas de esa montaña cuya cima culmina en la solución a todos nuestros problemas y, ahora, ¡a plantear los interrogantes se ha dicho!

El actor Bradley Cooper en la piel de Pat Solitano, paciente
con trastorno bipolar, en diálogo con su terapeuta.
Es verdad, según dicen, a Franklin le calzó perfecto su método de reprogramación moral. No obstante, pretender distribuir equitativamente el éxito de su método a toda una población, o a más de media sociedad, podría resultar ambicioso. Es decir, hay dos cuestiones primordiales que se nos están escapando si es que solo atinamos a ver el lado luminoso de su grilla mágica. Primero, Franklin desarrolló su propio método a fuerza de las circunstancias— no leyó sobre Benjamín Franklin, el político estadounidense que alcanzó la autosuperación, y luego intentó ver si podía ejecutarlo él mismo, como sí estamos haciéndolo nosotros. Segundo, en un método tan rigurosamente empírico resulta que la figura del sujeto científico coincide con la del objeto de estudio: el hombre trabaja bajo la estricta vigilancia del hombre, el hombre que actúa es el hombre que sanciona. Se trata de la misma persona que busca identificar sus fallas para, él mismo, recriminárselas y luego emprender la conquista de las virtudes que le andan faltando. Insisto, nadie niega que a Franklin le haya funcionado muy bien, pero, ¿y a los demás? ¿Estamos todos igualmente preparados para sentenciarnos al cambio automonitoreado? ¿Estamos todos igual de predispuestos a confiar en nuestro propio juicio y ejercer control genuino sobre nuestros propios actos?

Incluso si así fuera, si uno estuviera listo y convencido de que puede ser relativamente objetivo desde la propia subjetividad, ¿por cuánto tiempo se haría sostenible un método tan riguroso? ¿Cuánto tiempo resistirían nuestra conciencia y nuestro ego la penitencia autoimpuesta, el autocastigo, la insoslayable búsqueda de un mejor ser?

Reiteración de tesis: Franklin no corrió en busca de ningún agente externo que le presentara las respuestas a su crisis. Desde el comienzo hurgueteó en sus adentros, se sirvió de su lógica y de las técnicas comteanas positivistas porque se miró al espejo y, sin titubear, habrá dicho, “Sí, estoy dispuesto a desafiarme, a probarme a mí mismo que puedo ser mejor que yo". Allí hay autodeterminación incluso antes de diagramar un cuadro de virtudes y defectos, del mal y el bien que nos habita. No quiero ser aguafiestas, pero los demás estamos, en parte, un tanto en desventaja con respecto a él: si intentáramos el método de Franklin, lo haríamos bajo la influencia de habernos informado al respecto, de haber dicho “Y bueh, ¿qué más podría perder?". Ese toque del hacer “por iniciativa propia” quedaría, por defecto, fuera de nuestro emprendimiento de reprogramación moral. Y quizás fue precisamente gracias a su esencia autodidacta que este hombre logró lo que se propuso; en suma, él contaba con algo que a muchos les costará tiempo de trabajo previo incorporar.


Usuarios del método. Benjamin Franklin —a quien no tuve la oportunidad de conocer— debió ser un tipo, como diríamos vulgarmente, con los h———— bien puestos, más cerca de estar en sus cabales que lejos del ideal de mens sana in corpore sano. No debe ser tan fácil, aun teniendo la tablita frente a los ojos, apuntar registro de aquella parte de nosotros que más nos disgusta, día tras día, con la esperanza y el esmero de pulir las sobras negativas.

Con todo, visualizo dos posibles extremos de potenciales usuarios del citado método, aunque en el medio quizá haya un par de grises. Por un lado, aquellos cuya autoestima no se encuentre precisamente en lo más alto de lo alto podrían estancarse en una racha de negatividad. En otras palabras, si uno apunta diariamente sus faltas, las tiene en la mira y tan al alcance de la mano, puede que se detenga a pensar que ya de entrada son demasiadas, y que el, “¡Oh, por Dios! Jamás lograré sacarme bueno de esta”, invada y perturbe, y finalmente obstruya, siquiera el comienzo de la puesta en práctica de la autosuperación. Para quienes duden de sí, quizás sea útil pronosticar para atrás con lo siguiente: si Franklin pudo, es porque se dio con ese látigo de entrada. "En su autobiografía cuenta que al comenzar con este plan se sorprendió al ver que tenía muchas más faltas de lo que se imaginaba, pero que –por otro lado– le dio satisfacción ver cómo iban disminuyendo con el tiempo", dice Hax. ¿Y bien? Franklin tuvo la lucidez de identificar cuáles eran realmente sus faltas y cuáles quería cambiar por virtudes. Después de las heridas que semejante reconocimiento de sí infringe al propio ego y a la conciencia, el tipo se levantó y tuvo la valentía de volver a apostar a sí mismo, a creerse, lo cual lo ayudó a recomponerse sobre la marcha.

Ahora bien, si hay en el mundo personas a las que les aterra la idea de asumir la responsabilidad de la autovigilanacia, ya sea por falta de confianza en sí mismas, carencia de cojones, disciplina o lo que fuera, estoy segura de que aquellos que se creyeran demasiado “casi ángeles” también se sentirían impedidos a la hora de poner en práctica semejante plan.

“¿Por qué cambiar si así estoy bien y no jorobo a nadie? o “Si de verdad me quiere, que me quiera como soy" o "No veo nada de malo en ser un poquito orgulloso; eso es lo único que les infunde respeto hacia mi persona" suelen ser los típicos pensamientos de los que consideran absurda la sola idea de intentar un cambio, precisamente, porque en realidad “no lo necesitan”.

Para alcanzar una meta, como lo hizo Franklin, hay que estar dispuesto a autoimponérsela primero, a añorar realmente siquiera intentar llevar a cabo un plan de búsqueda que sí, es verdad, a veces termina en el fracaso, pero a lo mejor nos conduce a lo opuesto. Por más que armemos la grilla más coqueta, si en los hechos no ponemos en práctica la ambición de ser mejores personas, ¿de qué nos serviría el registro meticuloso de nuestros más inmorales actos?

Sobre el potencial efecto “rebote”. Eso sí, no nos engañemos. Por otra parte, es probable que muchos de nosotros necesitemos el cambio. No hace falta ser un criminal para precisar la autosuperación. No soy psicóloga, no intento serlo, pero pienso lo siguiente: ¿Y si una vez emprendido, nuestro método se volviera en nuestra contra? ¿Si se tornara nocivo para la propia conciencia exigirnos por escrito —¡y por adelantado!— las virtudes a adoptar en reemplazo de nuestros defectos? En ese caso, estaríamos solos, al igual que al principio del juego: no habría salidas de emergencia, ni lásers que detectaran que, a pesar de las buenas intenciones, la grilla nos está empezando a mostrar más de lo que estábamos listos para ver . ¿Y si terminamos haciéndonos mala sangre, frustrándonos antes de empezar o en el medio del camino, sintiéndonos peor de lo que nos sentíamos antes de iniciar la transformación?

“¿Es que acaso no bastan las moralejas de las fábulas que les contamos a nuestros hijos, los terapeutas con sus ingeniosas preguntas retóricas, el decálogo de las sagradas escrituras, la confesión dominical?” podría reprochar un rebelde (¿con/sin?) causa. Muchas personas pensarán que Franklin estaba obsesionado con buscar la perfección, que por eso tuvo la necesidad de proyectar en papel la idea de una versión mejorada de sí mismo. Al mismo tiempo, la desconfianza es inevitable: ¿se puede creer en uno mismo a la hora de refaccionar el propio ser?
El personaje de Tom Cruise se debate entre seguir viviendo en 
un mundo perfecto pero falso o bien retornar a la cruda realidad.
Lo confieso, releo mis líneas y noto que por muy poco no peco de escéptica, aunque definitivamente sí de relativista. Como Max Weber cuando intentó buscarle otra vuelta de tuerca a la tradición positivista legada por sus colegas Auguste Comte y Émile Durkheim, mi nota está al borde de morderse la cola; al escribirla me siento atrapada en un círculo vicioso. Pero lo advertí, aquí, a diferencia de los libros de autoayuda, se busca plantear algunos interrogantes. Quisiera tener fórmulas mágicas en oferta, pero si así fuera, no estaría escribiendo tanto sobre este tema, queridos lectores. Antes bien ya me encontraría disfrutando de algo así como my perfect second life, al igual que el personaje de Tom Cruise en "Vanilla Sky"¡Y eso que nunca pensé que tendría tanto para reflexionar acerca de los libros de autoayuda!
Un momento, todavía puedo salvar este artículo… 

¿No nos pasa lo mismo con las agendas? ¿No existe gente que, como yo, se apunta más de lo que las veinticuatro horas del día le permitirán hacer? Hay que reconocerlo, Franklin fue más realista: fijarse metas a corto plazo, concentrarse en una virtud cada siete días. Hm... No estaría mal. Lo que uno no logra hoy, esas faltas que hoy comete, podrían corregirse mañana. Y así la sensación de haber obrado mal, sin querer o queriendo, no sería tan pronunciada. Hm... Lo estoy volviendo a pensar.

No lo sé, si vamos a entrar en guerra contra nuestro propio yo, propongo que lo acribillemos desde todos los ángulos posibles, o casi. En los tiempos que corren, la grilla de autosuperación de Franklin parece necesitar de artillería pesada para complementarla, a saber:
*Una equilibrada rutina de ejercitación física —preferentemente boxeo o yoga— suena como una meta factible en conjunto con la práctica de los buenos hábitos diarios. El boxeo nos permitiría golpear sin golpearnos directamente a nosotros mismos, y así descargar la ira contra nuestras faltas al tiempo que liberamos la dosis de endorfinas justa sin llegar a lastimarnos; el yoga, con un poco de musiquita a lo Enya de fondo, nos restituiría la paz, la confianza, las ganas de seguir adelante con nuestro plan. Los efectos de la introspección, la meditación consciente y la respiración in, out, in, out podrían hacer maravillas por un ego que, al final de una desgastante jornada de autosuperación, necesitara relajarse un poco.
*Un confidente o, en su defecto, un cuaderno en rol de pseudo-diario íntimo. Los quitapesares y esa clase de anotadores que están tan de moda hoy en día podrían resultar útiles para los que no pudiéramos contar con un confidente verdaderamente leal y serio, de carne y hueso. 

*Un entorno que valore y reconozca nuestro progreso. Si no vamos a autopremiarnos con bombones de chocolate cada vez que las cosas nos salgan según lo planeado, entonces, por lo menos, hay que exigir que venga alguno a ofrecernos cumplidos del estilo, “Pero qué agradable te has vuelto, Juancito”. Y en ese tono, como en las novelas y las películas dobladas. 
Ya sé, ya sé… No puedo dejar de relativizar el método que, por otro lado, ya casi me está convenciendo. A lo mejor, simplemente soy de esos que fallan a priori porque les cuesta creer que lo necesitan— ¡qué horrible! Si es así, estoy perdida. El régimen de Benjamin Franklin es para los que saben ponerse en la balanza y calcular bien los defectos que ya les quedan de más. ¿Podré yo hacer eso? A ver… En mi haber cuento, entre otros muchos: egoísmo, impaciencia, vanidad… Y, si lo pienso rápidamente, lo que quisiera adquirir en su lugar es: generosidad, templanza, autorelegción… Hm... ¡Cómo cuesta! Mejor dejo de escribir y me pongo a armar la grilla. Franklin no hará nada por los que se quedan de brazos cruzados o, peor aun, los que usan las manos para escribir de todo menos un plan de reprogramación moral. En fin, ¿qué más da? Grilla de virtudes y defectos, ¡¿allá voy?! ◘ ◘ ◘

30 septiembre 2012

Día del Traductor 2012 - Apostar a la Traducción Literaria en Argentina

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Día del Traductor 2012
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Apostar a la Traducción Literaria en el siglo de las luces… tecnológicas
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Por Delfina Morganti.-
A los estudiantes de la carrera,
traductores en potencia.
ESCRITORES Y TRADUCTORES AL RESCATE
CARRERA DE LETRAS. La profesora de Literatura Francesa advierte a sus alumnos que deben traer leída Las Iluminaciones de Rimbaud y procede a continuar con su discurso cuando una voz de falsa tímida atina a observar:
—En cuanto a las traducciones, profesora…
La profesora, sin vacilar:
—Bueno, yo nunca digo si una traducción es mala o buena…— ¡Al fin una!—La otra vez una alumna me preguntaba, “¿Pero se puede traducir poesía con rima y metro?”Hm...—Bueno, sí. Claro que se puede…—...Hay que ver qué dice ahora…—…recurriendo a metáforas, sinónimos, perífrasis, paráfrasis…—Me gusta, me gusta, ¿qué más?—El tema es cuando hay una palabra clave, por ejemplo, y el traductor la traduce con un sentido totalmente distinto—. Ya sabía…—O sea que para respetar la rima inventa algo, y además en el sentido contrario. Ahí sí me preocupa…—A mí también, pero vale decir que aunque el lector ni se entere, las editoriales son tan culpables como el traductor si le dejan pasar el “invento”—. No me preocupa que hubiera buscado un sinónimo o una metáfora, sino que, para respetar la rima, ¡dice directamente cualquier cosa!
La alumna, inquieta, no se resiste:
— Eh, pero… Perdón. Entonces, ¿cuál diría usted que no compremos?

Pfff….

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HAY ESCENAS de la vida cotidiana que acaparan nuestra atención para el resto de los días; son esos momentos que quedan en nuestra memoria para ser contados una y otra vez a modo de anécdotas... La de arriba fue uno de ellos y ocurrió, irónicamente, durante la semana que culmina con el Día del Traductor . No es la primera vez que un lector se enfrenta con la cruda verdad de que su presunta “gramática universal” todavía no lo dejó alcanzar el codiciado sendero del poliglotismo. La consecuencia de este balde de agua fría suele ser la necesidad ineludible de recurrir a una traducción.

Muchas veces ocurre que leer a un autor desde una traducción se presenta más como una necesidad que como un deseo—el aventurarse a leer un texto traducido pudiéndose leer el original suele ser patrimonio exclusivo de los traductores mismos, los aspirantes a serlo o afines al campo y los que presumen que lo son.

La estudiante que consulta por la edición portadora de la mejor traducción está pidiendo a gritos un veredicto. Necesita leer la traducción de la obra. En cada instante que una situación de estas ocurre y vuelve a ocurrir—y créanme, se repite, a veces sin un catedrático al frente—la figura universal del traductor es puesta en jaque y se la juzga, quiérase o no, desde la calidad que, según el ojo de la autoridad que esté de turno, demuestra una traducción en singular. Algunas veces el debate no llega a durar ni cinco minutos; otras ni siquiera surge, lo que es peor, porque quiere decir que la figura del traductor está implícitamente dada por sentado o bien omitida. "Si pueden lean el original" o "Siempre, pero siempre trabajen con una versión bilingüe", suelen insistir los profesores de Letras.* 

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¿DESDE QUE EL MUNDO ES MUNDO?
Tradicionalmente, la traducción se las ingenió para que su imperante carácter de necesaria, acabe por opacar, en cierta medida, la cuestión de si es acaso posible, de si "se debe o no se debe" traducir. El campo en el que esta dicotomía suele hacerse más visible es cuando se trata de literatura. 

Algunos críticos y colegas aluden a que las prueban están a la vista: desde que un texto cae en manos de un público lector que desconoce su idioma, las obras se traducen. La traducción acompañó y acompaña a la historia de la humanidad entera en circunstancias decisivas de comunicación entre culturas. Aun así, la traducción arrastra fama de paria.

En Argentina, algunos creen que el traductor debería contentarse con estar todavía vigente, que los avances en traducción automática nos están pisando los talones hace rato. Por otro lado, en los últimos dos años, desde las redes sociales y en provecho de las herramientas Web 2.0, gran parte de la comunidad traductora nacional e internacional no deja de velar por ayudar al colega a percibir sus propios derechos, por difundir una práctica cada vez más ética, profesional y justa de la traducción en todas sus ramas, y esto se traduce—valga la redundancia—en expresión de opiniones en foros cara a cara. 

En medio de un tumultuoso caudal de signos modernos para designar esta profesión—“proveedores” de “servicios” lingüísticos, “ingenieros” en localización...—¿quedará lugar para la traducción literaria? ¿O acaso fue patrimonio de una remota época de oro?

Hace treinta y seis años, cuando Victoria Ocampo reunió a un prestigioso grupo de reconocidos traductores y escritores para el famoso número de la revista Sur titulado Problemas de la Traducción, la escritora y traductora del francés no se equivocó al enunciar una frase que todavía hoy tiene vigencia y merece su reivindicación: “Para elevar el nivel del traductor hacen falta dos cosas: que el traductor tome conciencia de la seriedad de trabajo y sepa que una buena traducción no se consigue sin preparación y esfuerzo; que el editor tome conciencia de su deber de remunerar esa tarea adecuadamente […] Es un oficio (o profesión) que ha de tomarse en serio, y es un oficio (o profesión) que ha de pagarse como lo merece”. 

La atractiva construcción que titula el texto completo de Ocampo no pasa inadvertida: Un asunto de suma importancia: La Traducción.
TRADUCIR PARA EDITORIALES HOY
EN UNA LÍNEA similar a la de Ocampo, el sábado 22/09/12 la revista Ñ (Clarín) elogió a los traductores en su mes con una serie de artículos alusivos a la práctica actual de la traducción en Argentina.

En uno de esos artículos, la traductora Julia Benseñor plantea cómo los traductores nóveles se topan con grandes dificultades a la hora de abrirse paso en el mundo de la traducción editorial. Ante el contraste actual entre la variada oferta académica para formar traductores literarios y, por otro lado, la situación real de mercado, se pregunta: “¿Cómo lograr esa primera experiencia?”. Así escribe la autora de la nota Estudiar para traductor: dónde y cómo: “La traducción literaria es posible y la mejor prueba de ello es que se ejerce. La explicación es muy sencilla: hay más de un camino que conduce a la traducción literaria […] En mi caso tuve la oportunidad de que en una editorial me tomaran una prueba… y simplemente la aprobé”.

La de Benseñor es una experiencia sin duda marcada un tanto por la suerte y otro tanto por la época. Pero cuidado, a no desestimarse. Que la traducción literaria se ejerce es muy cierto, que si se quiere se puede trabajar en esta rama también es cierto, aun cuando no todos los traductores tengamos la dicha de trabajar en la traducción de libros enteros, o de nuestras novelas favoritas, o de nuestros géneros predilectos. Internet es siempre una invaluable fuente de búsqueda y recolección de datos para saber por dónde empezar, pero al recurrir a un índice de sitios de interés vinculados con editoriales que podrían contratar nuestros servicios, es importante reflexionar acerca de la propia afinidad con una rama de la traducción determinada, conocer las propias preferencias de antemano o sobre la marcha, e ir haciendo camino al andar. El camino hacia la traducción para editoriales puede ser muy arduo, a veces frustrante, pero de algún modo si la tenacidad acompaña el esfuerzo y la insistencia, a largo plazo llegan los logros. O al menos se alcanzan metas semejantes. En gran parte la clave está en no dejarse vencer por los tiempos del mercado.

Por su parte, Benseñor, quien lleva traducida más de una veintena de libros, extiende el uso de la primera persona de modo que, como diría el periodista local Sebastián Riestra, se “justifica” este recurso estilístico por el desafío ético-político que formula hacia el final de su nota: “Propongo a todo editor que se enfrente a la necesidad de contratar a un nuevo traductor que adopte esta buena y saludable práctica de la prueba de traducción. Darle al candidato un fragmento del libro que se necesita traducir […]”

La propuesta es muy “poco onerosa”, dice, “ya que sólo exige tiempo de ambas partes” y, a su vez, “es una vara justa a la hora de incorporar traductores jóvenes, entusiastas y sin experiencia”. ¿Algún traductor firmaría en disconformidad? (De hecho, dados los tiempos que corren y para que el desafío sea completo, no estaría mal apoyar la moción vía Twitter y Facebook... ¿Alguien tira la primera piedra?

La formación del traductor literario
INCULCAR EL OFICIO DESDE EL LUGAR DE FUTURO COLEGA
AUN cuando el destino del futuro traductor sea dedicarse a la traducción de manuales técnicos y documentos legales exclusivamente, el entrenamiento en la traducción de literatura es fundamental para que el estudiante detecte y se valga de estrategias eficaces de redacción que le serán útiles para todos los texto. Traducir literatura supone la incorporación de recursos técnicos formales indispensables para el futuro profesional, así como también, por otra parte, el estudiante tiene la oportunidad de ensayar su propio perfil escriturario y,  con todo, ejercitar la reformulación. Esta última habilidad resulta cada vez más importante a la hora de marcar la diferencia o complementar la traducción automática. La reformulación, el volver a decir lo mismo con otras palabras y (posiblemente) en otro orden, ayuda a resistir la tentación constante de calcar estructuras que se tornan poco espontáneas o hasta erróneas y resultan en una lectura tediosa o forzada en la lengua de destino.

Pero además de las ventajas prácticas de trabajar en traducción literaria, los géneros literarios suelen contar con un valor agregado: la ficción tiene el poder de despertar la imaginación y la curiosidad del traductor en potencia; suele invitar al espíritu a la introspección y hasta puede iniciarlo en el camino de la propia escritura (si no escribía de antemano). La traducción de un texto literario—aun la de aquel que a simple vista disgusta y resulta poco atractivo—exige la puesta en marcha de una serie de destrezas cognitivas que, si bien pueden ser convocadas por otros textos, la literatura reclama constantemente, pues sumada a la prevalencia de la función poética, la literatura congrega saberes que trascienden las fronteras de lo meramente racional, lingüístico, purista y real. 

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H oy celebramos una práctica que devino en carrera que devino en profesión. Ojalá con los años la figura del traductor logre reivindicar su obra de buena fe, su ética profesional y gane el reconocimiento que siempre ha merecido. Formar a quienes creen en el futuro de esta profesión es un orgullo, conlleva esfuerzo y tiempo pero otorga inmensas satisfacciones que hacen que cada rato dedicado a ellas valga la pena. ¡Feliz día colegas, y feliz día a todos los traductores en potencia! ◘ ◘ ◘ 


*El estar presente en el vivo de la situación en que surgen esta clase de consultas—a veces quejas, a veces acusaciones, otras generalizaciones—no siempre permite mantener la entereza y pensar "Y bueno, es que hablan sin saber". Cuando la cosa se pone tajante, cuando se juzga desde la ignorancia, la desactualización o la mera condena... ... ... ... ... En fin, hay maneras de intentar hacer ver al otro el punto de vista propio, y ya cuando uno les dice "Yo soy traductora, y me parece que..." algunos empalidecen. Otros ni se inmutan,  pero aunque la conversación no siempre resulte en una ampliación de perspectiva, intentarlo no es en vano.

ACKNOWLEDGEMENTS

ALGUNAS 
PERSONALIDADES
del  CAMPO  y  ÁREAS  AFINES que HAN INSPIRADO  INSPIRAN a FUTUROS TRADUCTORES  y  COLEGAS


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