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24 enero 2011

Respuesta al texto de Michael Cunningham en Revista Ñ

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Cuando el escritor no se da por vencido...

...tampoco se da por satisfecho.

Cuando en la Jornada por el Día del Traductor en Rosario (2010) le pregunté a Angélica Gorodischer si acaso no solía volver sobre sus textos con ganas de seguir corrigiendo, editando, suprimiendo, poniendo, sacando, volviendo a escribir, etc. pensó apenas un segundo y respondió que esa práctica correspondía más bien a algunos de sus colegas, pero que ella no solía experimentarla. Personalmente, como traductora todavía hoy me sorprende su respuesta; como escritora, la creo en parte afortunada, y por entonces pensé algo así como, “Esta mujer está escapando del mal que nos aqueja a tantos otros, otros que formamos parte de un mismo cuerpo y que también escribimos”.

[...] aún si nunca hubiesen existido las gomas de borrar ni aquella tecla a la que suelo recurrir cuando escribo en la computadora, mi afán por la edición, la re-edición y la post-edición no dejaría de ser insaciable.

Michael Cunningham
El sábado 22 del corriente me topé con el artículo de Cunningham “Encontrados en la traducción” en la revista Ñ (traducción del original Found in Translation). Entre tantas conclusiones que su texto manifiesta, me apodero de esta más que de ninguna otra: “Si el libro en cuestión sale bien, no es nunca el libro que uno había querido escribir”

¡Pero claro! Es que hasta el escritor menos perfeccionista, hasta aquel que se dice menos autoexigente y más espontáneo siente, antes o después, aunque sea por una vez, que podría haber traducido sus ideas en una prosa más digna, en un verso un tanto menos locuaz. Y esta sensación de que al texto le falta no dista de la de muchos traductores de idiomas, sobre todo si se trata de traductores literarios. Si se traduce y se está conforme con el producto final un momento, al siguiente la gloria de haber logrado un trabajo inmejorable desaparece, y ya entra uno a querer hacer cambios que, algunas veces y por razones de tiempos u otras exigencias, se estancan en las ganas del traductor y ahí quedan. ¿Y acaso no es natural que esto nos ocurra? Se trata de la insatisfacción que siente el actor cuando interpreta sus líneas con menos histrionismo que tras bambalinas, lo cual le resulta terriblemente inexplicable. Incluso podríamos encontrar semejanza con el descontento que persigue al músico cuyos ojos lo traicionan al leer una partitura en público, y jamás, jamás,  le había ocurrido esta falla en la intimidad de sus ensayos.

"Las Horas",
por M.Cunningham
Hacia el final de la nota mencionada, Michael Cunningham sugiere que “nos encontramos en una búsqueda, y no nos desalienta la sospecha colectiva de que la perfección que buscamos en el arte tiene tantas posibilidades de aparecer como el Santo Grial […]” Por mi parte, confieso que aún si nunca hubiesen existido las gomas de borrar ni aquella tecla a la que suelo recurrir cuando escribo en la computadora, mi afán por la edición, la re-edición y la post-edición no dejaría de ser insaciable. Pero en cuanto a buscar la perfección, me parece que la cuestión de búsqueda va más allá de querer hacer que todo cuadre, que la prosa suene perfecta y el verso lo menos errático posible. El escritor es ante todo un ser humano, influenciado por cambios ajenos e internos. No es novedad observar que cada decisión que tomamos (y cada decisión que toman otros) repercute inevitablemente en la individualidad de cada ser vivo que habita la Tierra. Y el escritor, por ser escritor, no está exento. Si el escritor madura, naturalmente verá su texto de hace un año, un mes o un día atrás con otros ojos; naturalmente, las consecuencias de su madurez pujarán por verse reflejadas en sus producciones. No nos hace falta el fracaso para querer mejorar un libro ni tampoco se trataría de perseguir constantemente la perfección; el escritor es, por naturaleza, un ser humano y después un artista. Más allá de las concepciones personales, el sentido de evolución es parte de la sociedad y su historia. Nacemos para crecer, y crecemos para "evolucionar"; es natural que el escritor no pueda escapar a sus ansias por querer que su trabajo crezca y evolucione con él.

Escribirtraducir y leer [...] parecen ser, a pesar de sus diferencias, quehaceres a cargo de gente que no para de delegar responsabilidades [...]

Silvina Ocampo
Durante mis años de estudio en Traductorado de inglés, era requisito infaltable antes de encarar una traducción figurarnos a quién estaría dirigida— lo cual nos fastidiaba un poco, porque como estudiantes prácticos del siglo XXI, la mayoría quería poner manos a la obra, traducir "y punto". Ahora bien, el texto de Cunningham me obliga a reflexionar y me pregunto: ¿es que acaso hay un punto más allá del que pone mi mano cuando escribo, cuando traduzco? ¿Existe un punto final auténtico, gracias al cual el escritor se desliga por completo de su texto, y el traductor de su traducción? ¿Y si los puntos también son abstracciones, casi meras ilusiones?

Lo cierto es que ningún lector que haya estado siguiendo un libro a conciencia termina de leer, lo cierra a sangre fría y retoma su rutina como si nada. La mente, siempre crítica, suele invitar a la reflexión, al cuestionamiento, a la conmoción, al antojo de continuar imaginando personajes o confabular un ensayo que contradiga al autor. Entonces el punto final en el círculo escritor-traductor-lector no existe. Ni siquiera el lector, receptor tal vez último del texto, puede dar un punto definitivo al proceso. No puede hacerlo simplemente porque no puede evitar reaccionar de algún modo al texto que le llega: reacciona leyendo más sobre el tema, escribiendo sus pensamientos al respecto, comentándolo con un conocido, o sólo imaginando y traduciendo. Podría incluso decirse que el punto final contiene, en cierta forma, a los suspensivos, esos que nos invitan a elevar nuestra percepción del texto lo más alto posible y pensar. El lector en su rol de “lector final” sólo proporcionaría un fin virtual al proceso descrito por Cunningham, si bien él mismo afirma:

“[…] El lector representa el paso final en la vida de traducción de un libro”.

Virginia
Woolf
Cuando Cunningham se dispuso a escribir “Encontrados en la traducción”, inevitablemente tradujo sus ideas y sus propios pensamientos en palabras, y su texto fue publicado luego por el New York Times. A su vez, el traductor Joaquín Ibarburu retomó su texto y lo tradujo al español para acercarlo a los lectores de Revista Ñ. Como receptores “últimos”, retrabajamos el sentido del texto y reflexionamos a partir de él. Escribir, traducir y leer (cuesta ordenarlos en un supuesto "orden de aparición", y bien se podría criticar que quien escribe ha leído ya, y quien traduce ha leído de antemano) parecen ser, a pesar de sus diferencias, quehaceres a cargo de gente que no para de delegar responsabilidades, personas que continuamente encomiendan el final de su trabajo a terceros: el que escribe delega en el que traduce, el que traduce en el que lee, el que lee en el que escribe… En síntesis, podría calificarse de irresponsable— ¡paradójicamente irresponsable!— a todo aquel que llevara a cabo cualquiera de estas tres tareas...

(Y aún así, ¡qué digna me siento de poder ejercer las tres!)


Enlaces útiles:

  • "Esta semana en Revista Ñ"

  • "Found in Translation," Michael Cunningham FUENTE ORIGINAL


Fotos: Google Images.


28 septiembre 2011

POR ¡SALUT!, QUESOS SAN JERÓNIMO

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A dos días del Día de la Traducción: ¿y todavía vale la pena pensarlo?

Disclaimer/Advertencia!!
(No es CBS news, es la autora de este Blog, 
en un intento por volver a la formalidad. 
¡Anímese y lea!)
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por Delfina Morganti H.-

En el marco del mes del Mes de la Traducción, el día sábado 24 de septiembre la AIPTI (Asociación Internacional de Profesionales de la Traducción y la Interpretación) organizó en Buenos Aires una I Jornada de Reflexión para Profesionales de la Traducción y la Interpretación. Entre la primera tanda de disertantes se encontraban Aurora Humarán (presentación de la Asociación); Alejandro González (especialista en literatura rusa y Fiódor traductor de Dostoievski); Guillermo Piro (traductor de Arno Schmidt) y Miguel Wald (escritor y traductor). Más adelante, Aurora Humarán, Lorena Vicente y Mariano Vitetta encabezaron los paneles de reflexión y discusión avocados a la práctica profesional en el mercado y de manera independiente.

LA REIVINDICACIÓN DE LA ESTRATEGIA DE VIRGILIO
Nuestra cultura proviene de Europa y no podemos evitarlo. 
Además, ¿por qué evitarlo? ¿Con qué reemplazar esa preciosa herencia?
(de El escritor y sus fantasmas, Ernesto Sabato)
La admirable obra cumbre del poeta Virgilio, Eneida, es uno (sino el más grande) de los triunfos de la literatura universal. Después de Homero, Virgilio es aquel poeta que ha sabido unir, condensar y conjugar tradiciones: tradujo los elementos de la tradición griega a la tradición latina, y de hecho co-fundó, junto con Homero, la literatura greco-latina. La propuesta de Alejandro González no distaría de hacernos sentir a cada uno un Virgilio en potencia.

Luego de un breve recorrido por la historia de la AIPTI y su fundación, Alejandro González presentó su ponencia Traducir traicionando la tradición. El caso de "Memorias del Subsuelo" (F. Dostoievski).  Además de citar ejemplos más que ilustrativos sobre traducciones del ruso al español de su autor, González expuso su propio punto de vista y sugirió pensarla "como ejercicio entre tradiciones". Remitiéndose a una anécdota de congreso (¡siempre las hay!), el traductor defendió una óptica quizás poco difundida o hasta poco bienvenida entre algunos colegas: la de leer traducciones previas a la que uno se propone hacer. "¿Qué tiene de malo la influencia, conocer cómo fue traducido?". A partir de este interrogante González se mostró más que a favor de remitirse a las fuentes previas ya que "esto también estaría enmarcado en una tradición". Más allá de los distintos criterios para traducir (la literatura rusa ofrece tantos por sus repeticiones aparentemente innecesarias en español, su puntuación, etcétera, etcétera), González se aferró a un criterio básico y general que estaría dado casi por naturaleza según su visión: el traductor literario debe conocer la tradición en la que escribe. "Si traduzco una obra ya traducida de antes no traduzco por primera vez. Quiérase o no hay una traducción y una tradición que me antecede", advirtió. Y se podría agregar que si uno aspira a inscribirse en ella, sería ilusorio pretender ignorarla. Después de todo, como dijo el mismo disertante, "hacer una primera traducción de una obra literaria es un problema". La estrategia radicaría, entonces, en saber "servirse" (¡no implica plagio!) de aquello que llegó antes que mi traducción y retrabajarlo, tomar los aciertos (los que son desde mi punto de vista "aciertos") y descartar los "defectos". 

En SOBRE LITERATURA NACIONAL, parte del ensayo El escritor y sus fantasmas de Ernesto Sabato, el autor escribe que "no recuerdo quién le decía a Gide que no leía nada para no perder su originalidad. Si uno ha nacido para decir cosas novedosas no va a perder esa facultad leyendo libros o mamando en otras culturas", a lo que agrega, "y si no ha nacido para eso, tampoco perderá nada leyendo esos libros ajenos" (Sabato, 2006:12). Entendido como traditore—y aún como scrittore—el traductor también tiene que aprender a lidiar con lo que lo precede, ya que como canta el dicho, "si no puedes con ellos... ¡únete a ellos!"

Ya insiste Sabato—más que yo, porque a mí también me duele—, "qué, quieren una originalidad absoluta? No existe. Ni en el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar pureza (...) toda herencia cultural es enriquecida por los herederos de genio [...]" (Sabato, 2006:13). Así que para aquellos (me incluyo) que ya sea por miedo a ser influenciados, ¿por orgullo?, por falsa modestia o por alguna sobredosis perdida y perdedora de Egofilis totalus pretendan (¡qué ingenuos!) despojarse de la tradición en la cual acabarán por enmarcarse, ¡a sobreponerse!. No hay nada más patético que un traductor digno de patetismo.
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¡LO QUE SE VIENE EN ROSARIO!
  • CURSO GRATUITO UNR: La traducción en la antigüedad, por la Prof. María Gabriela Piemonti. 
    Sábados de octubre. INSCRIPCIÓN en primer piso de la Fac. de Humanidades y Artes, Entre Ríos 758. Tel.: 0341-4451485.
  • CONFERENCIA: Los retos de la traducción intercultural, por la Prof. Amalia Gladhart de la Universidad de Oregon (USA). En: Fac. de Derecho UNR, Córdoba 2020, aula 6 de Graduados. Mie. 5 de octubre, 15 hs. Entrada libre y gratuita; se ruega confirmar asistencia: PROGRAMA INTERNACIONAL. Facultad de Derecho. 2° piso – Of. 1.TEL. 4802635 al 38 (int.133). Lunes a Viernes de 9 a 16hs.
  • CURSO: "Me gradué. ¿Y ahora qué? - Espacio para pensar y compartir", Miércoles 5 OCTUBRE, 17.30 A 20 hs. Tucumán 1257 Instituto Superior Particular Incorporado Nº 9123 "San Bartolomé, Rosario.- Rosario. Disertantes: Trads. Luciana Ramos, Sabrina Maceda, Virginia Castelli. Actividad no arancelada. Formulario de inscripción en http://tinyurl.com/me-gradue
  • JORNADA: Día del Traductor, 30 de SEPTIEMBRE, 9-19 hsSalón de Actos de la Federación Gremial de Industria y Comercio, Córdoba 1868.Consultar aranceles, fecha de inscripción, programa en: http://www.traductoresrosario.org.ar
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DAR PIE A LA NOTA: DAR O NO DAR, DAR O NO DAR, DAR O NO... ¡NO DAR!
[...] la mueca burlona después de haber dado con esa palabra 
justa cuando tantos otros se encuentran aún perdidos 
es una recompensa inigualable [...]
(Peter Newmark, en A textbook of translation, trad.) 
Cuando uno ve por primera vez a Guillermo Piro no se imagina que va a hablar durante una hora acerca de un bazooka. Tampoco saltaba a la vista del título de su ponencia Consideraciones entorno a un bazooka que de hecho fuese literal la referencia al dichoso bazooka. Y con todo, si uno ignora el trabajo que se tomó para averiguar cómo traducir el término "bazooka" incrito en algún texto de Arno Schmidt que no recuerdo, menos aún caería en la falencia de  suponerlo tan aficionado a las encrucijadas. Franqueada la puerta de la pasión por el autor y el laberinto, no resulta tan difícil intuir cómo no desistió en el intento, cómo no se perdió en un caso que se veía todo menos vencible: si hay algo en lo que sí acertó Peter Newmark es cuando dice, "la satisfacción personal que brinda traducir es la emoción de intentar resolver un millón de problemas pequeños en el marco de uno grande", y no quisiera omitir que, "el alivio al encontrarla [la palabra justa], la mueca burlona después de haber dado con esa palabra justa cuando tantos otros se encuentran aún perdidos es una recompensa inigualable [...]" (Newmark, 1988:8).

Ahora bien, cuando uno forma parte de esa categoría tan elegante y a la vez tan naive llamada "traductores nóveles", no es tan fácil armarse un marco teórico, crítico y criterioso propio y justificable. El criterio y los ejes que lo determinan son, a la hora de traducir, más que relevantes y muchas veces se los da por sentado. Para el caso de los diccionarios y la cantidad y calidad de éstos que se consultan Piro comentó un breve diálogo con un colega que lo había ayudado (o intentado ayudar, ya no recuerdo) a dilucidar el enigma del bazooka: el consejo del colega fue no mirar el diccionario. ¿Por qué? Porque la ocurrencia primera será espontánea, y puede que sea no sólo la que suene más fresca y la que mejor "cuadre" en el co-texto sino también puede que resulte la correcta. Correcto, espontáneo, fresco, y "suena": ¿qué más se puede pedir?

"CONFESIONES DE DEBILIDAD": CUANDO EL TRADUCTOR DA LA NOTA
Pero hablemos de las notas al pie, de si vale o no dar pie a la nota, de lo que opina Piro, de lo que pienso yo y de lo que puede llegar a pensar usted—si es que termina de leer esta nota, o en su defecto, ¡si es siquiera ha llegado a este párrafo!

Desde Piro, las notas al pie constituyen una suerte de "confesiones de debilidad". Claro que si bien su apreciación es bastante determinante, no llega a ser cien por cien tajante: cuando no queda remedio, cuando realmente se ha intentado por el camino sinuoso de la alternativa y se ha probado más allá del cansancio, de la madrugada, del té y de las medialunas, respire hondo. Tómese un whisky. Considere por enésima vez si las circunstancias de verdad lo ameritan. Ahí sí puede que valga la nota al pie. "Cuando no te queda otra", diría un amigo.

"No le planteo al lector mis problemas, salvo en cuestión de nombres propios", dijo Piro al reflexionar no sólo sobre el caso particular de su búsqueda (entorno a la traducción de bazooka) y con escasa colaboración por parte del tan aclamado Google

Ahora, si uno está en el tema, críticas al uso de la nota al pie se escuchan todos los días/meses/años. Pensar el recurso como un recurso para el traductor que se excusa, que ni bien se la ve venir deja el timón y manda pumba... es cosa seria. Aquí hay un motivo por el cual no dejarse vencer, ¡hay una causa justa y honorable! Introducir una nota al pie cuando la traducción puede tranquilamente— o no tan tranquila—prescindir de ella es como hacer gol en contra; es hacer gol en contra. Es despojarse de parte de nuestra armadura, es hacer mano, es pinchar el globo, es lavarse las manos, es tirar la toalla, es largar el fierro, es eso y todas las expresiones idomáticas que pueda pensar para explicarlo. La nota al pie, salvo que sin ella el lector no llegaría a comprender la idea, debe dejarse a un lado. Basta de andador, ahora pruebe a caminar solo. Y sí, claro que va a costar, pero se le puede encontrar la vuelta, se le puede tapar la boca al desafío y asumir de una vez por todas que la traducción es un deporte de (¡alto!) riesgo. Es cuestión de visualizar la página limpita y dejarla así. Sin notas. Eso es criterio. En palabras de Guillermo Piro sería "tomar una decisión y si funciona dejarla, y si no funciona mala suerte; y si es un error, peor".

Claro que no todo el mundo tiene por qué tener el mismo criterio. Pero lo ideal sería tener uno, despejarlo por ensayo y error, si es necesario, pero llegar a uno y ser consecuente con él.

Es sabido que como lector las notas al pie suelen dar un dolor de cabeza, una molestia vulgar para el ojo, una sensación de que si tanto tenían para agregar por qué no lo dijeron antes, donde se debe, o bien que hagan un capítulo aparte; como lector de traducciones es fácil percibir cuándo se usó como escudo y cuándo por absoluta necesidad, da vergüenza ajena; y como traductor es fácil caer en la tentación, claro. Pero hay que poder vencer la tentación. ¡Dígale no a las notas al pie! (Y hágase cargo). ◘◘




CITAS PERO NO AL PIE:
  • SABATO, Ernesto. El escritor y sus fantasmas,Grupo Editorial Planeta S.A.I.C/Seix Barral, Bs. As., 2006.
  • NEWMARK, Peter. A textbook of translation, Prentice Hall International (UK) Ltd., 1988.




30 septiembre 2012

Día del Traductor 2012 - Apostar a la Traducción Literaria en Argentina

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Día del Traductor 2012
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Apostar a la Traducción Literaria en el siglo de las luces… tecnológicas
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Por Delfina Morganti.-
A los estudiantes de la carrera,
traductores en potencia.
ESCRITORES Y TRADUCTORES AL RESCATE
CARRERA DE LETRAS. La profesora de Literatura Francesa advierte a sus alumnos que deben traer leída Las Iluminaciones de Rimbaud y procede a continuar con su discurso cuando una voz de falsa tímida atina a observar:
—En cuanto a las traducciones, profesora…
La profesora, sin vacilar:
—Bueno, yo nunca digo si una traducción es mala o buena…— ¡Al fin una!—La otra vez una alumna me preguntaba, “¿Pero se puede traducir poesía con rima y metro?”Hm...—Bueno, sí. Claro que se puede…—...Hay que ver qué dice ahora…—…recurriendo a metáforas, sinónimos, perífrasis, paráfrasis…—Me gusta, me gusta, ¿qué más?—El tema es cuando hay una palabra clave, por ejemplo, y el traductor la traduce con un sentido totalmente distinto—. Ya sabía…—O sea que para respetar la rima inventa algo, y además en el sentido contrario. Ahí sí me preocupa…—A mí también, pero vale decir que aunque el lector ni se entere, las editoriales son tan culpables como el traductor si le dejan pasar el “invento”—. No me preocupa que hubiera buscado un sinónimo o una metáfora, sino que, para respetar la rima, ¡dice directamente cualquier cosa!
La alumna, inquieta, no se resiste:
— Eh, pero… Perdón. Entonces, ¿cuál diría usted que no compremos?

Pfff….

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *
HAY ESCENAS de la vida cotidiana que acaparan nuestra atención para el resto de los días; son esos momentos que quedan en nuestra memoria para ser contados una y otra vez a modo de anécdotas... La de arriba fue uno de ellos y ocurrió, irónicamente, durante la semana que culmina con el Día del Traductor . No es la primera vez que un lector se enfrenta con la cruda verdad de que su presunta “gramática universal” todavía no lo dejó alcanzar el codiciado sendero del poliglotismo. La consecuencia de este balde de agua fría suele ser la necesidad ineludible de recurrir a una traducción.

Muchas veces ocurre que leer a un autor desde una traducción se presenta más como una necesidad que como un deseo—el aventurarse a leer un texto traducido pudiéndose leer el original suele ser patrimonio exclusivo de los traductores mismos, los aspirantes a serlo o afines al campo y los que presumen que lo son.

La estudiante que consulta por la edición portadora de la mejor traducción está pidiendo a gritos un veredicto. Necesita leer la traducción de la obra. En cada instante que una situación de estas ocurre y vuelve a ocurrir—y créanme, se repite, a veces sin un catedrático al frente—la figura universal del traductor es puesta en jaque y se la juzga, quiérase o no, desde la calidad que, según el ojo de la autoridad que esté de turno, demuestra una traducción en singular. Algunas veces el debate no llega a durar ni cinco minutos; otras ni siquiera surge, lo que es peor, porque quiere decir que la figura del traductor está implícitamente dada por sentado o bien omitida. "Si pueden lean el original" o "Siempre, pero siempre trabajen con una versión bilingüe", suelen insistir los profesores de Letras.* 

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

¿DESDE QUE EL MUNDO ES MUNDO?
Tradicionalmente, la traducción se las ingenió para que su imperante carácter de necesaria, acabe por opacar, en cierta medida, la cuestión de si es acaso posible, de si "se debe o no se debe" traducir. El campo en el que esta dicotomía suele hacerse más visible es cuando se trata de literatura. 

Algunos críticos y colegas aluden a que las prueban están a la vista: desde que un texto cae en manos de un público lector que desconoce su idioma, las obras se traducen. La traducción acompañó y acompaña a la historia de la humanidad entera en circunstancias decisivas de comunicación entre culturas. Aun así, la traducción arrastra fama de paria.

En Argentina, algunos creen que el traductor debería contentarse con estar todavía vigente, que los avances en traducción automática nos están pisando los talones hace rato. Por otro lado, en los últimos dos años, desde las redes sociales y en provecho de las herramientas Web 2.0, gran parte de la comunidad traductora nacional e internacional no deja de velar por ayudar al colega a percibir sus propios derechos, por difundir una práctica cada vez más ética, profesional y justa de la traducción en todas sus ramas, y esto se traduce—valga la redundancia—en expresión de opiniones en foros cara a cara. 

En medio de un tumultuoso caudal de signos modernos para designar esta profesión—“proveedores” de “servicios” lingüísticos, “ingenieros” en localización...—¿quedará lugar para la traducción literaria? ¿O acaso fue patrimonio de una remota época de oro?

Hace treinta y seis años, cuando Victoria Ocampo reunió a un prestigioso grupo de reconocidos traductores y escritores para el famoso número de la revista Sur titulado Problemas de la Traducción, la escritora y traductora del francés no se equivocó al enunciar una frase que todavía hoy tiene vigencia y merece su reivindicación: “Para elevar el nivel del traductor hacen falta dos cosas: que el traductor tome conciencia de la seriedad de trabajo y sepa que una buena traducción no se consigue sin preparación y esfuerzo; que el editor tome conciencia de su deber de remunerar esa tarea adecuadamente […] Es un oficio (o profesión) que ha de tomarse en serio, y es un oficio (o profesión) que ha de pagarse como lo merece”. 

La atractiva construcción que titula el texto completo de Ocampo no pasa inadvertida: Un asunto de suma importancia: La Traducción.
TRADUCIR PARA EDITORIALES HOY
EN UNA LÍNEA similar a la de Ocampo, el sábado 22/09/12 la revista Ñ (Clarín) elogió a los traductores en su mes con una serie de artículos alusivos a la práctica actual de la traducción en Argentina.

En uno de esos artículos, la traductora Julia Benseñor plantea cómo los traductores nóveles se topan con grandes dificultades a la hora de abrirse paso en el mundo de la traducción editorial. Ante el contraste actual entre la variada oferta académica para formar traductores literarios y, por otro lado, la situación real de mercado, se pregunta: “¿Cómo lograr esa primera experiencia?”. Así escribe la autora de la nota Estudiar para traductor: dónde y cómo: “La traducción literaria es posible y la mejor prueba de ello es que se ejerce. La explicación es muy sencilla: hay más de un camino que conduce a la traducción literaria […] En mi caso tuve la oportunidad de que en una editorial me tomaran una prueba… y simplemente la aprobé”.

La de Benseñor es una experiencia sin duda marcada un tanto por la suerte y otro tanto por la época. Pero cuidado, a no desestimarse. Que la traducción literaria se ejerce es muy cierto, que si se quiere se puede trabajar en esta rama también es cierto, aun cuando no todos los traductores tengamos la dicha de trabajar en la traducción de libros enteros, o de nuestras novelas favoritas, o de nuestros géneros predilectos. Internet es siempre una invaluable fuente de búsqueda y recolección de datos para saber por dónde empezar, pero al recurrir a un índice de sitios de interés vinculados con editoriales que podrían contratar nuestros servicios, es importante reflexionar acerca de la propia afinidad con una rama de la traducción determinada, conocer las propias preferencias de antemano o sobre la marcha, e ir haciendo camino al andar. El camino hacia la traducción para editoriales puede ser muy arduo, a veces frustrante, pero de algún modo si la tenacidad acompaña el esfuerzo y la insistencia, a largo plazo llegan los logros. O al menos se alcanzan metas semejantes. En gran parte la clave está en no dejarse vencer por los tiempos del mercado.

Por su parte, Benseñor, quien lleva traducida más de una veintena de libros, extiende el uso de la primera persona de modo que, como diría el periodista local Sebastián Riestra, se “justifica” este recurso estilístico por el desafío ético-político que formula hacia el final de su nota: “Propongo a todo editor que se enfrente a la necesidad de contratar a un nuevo traductor que adopte esta buena y saludable práctica de la prueba de traducción. Darle al candidato un fragmento del libro que se necesita traducir […]”

La propuesta es muy “poco onerosa”, dice, “ya que sólo exige tiempo de ambas partes” y, a su vez, “es una vara justa a la hora de incorporar traductores jóvenes, entusiastas y sin experiencia”. ¿Algún traductor firmaría en disconformidad? (De hecho, dados los tiempos que corren y para que el desafío sea completo, no estaría mal apoyar la moción vía Twitter y Facebook... ¿Alguien tira la primera piedra?

La formación del traductor literario
INCULCAR EL OFICIO DESDE EL LUGAR DE FUTURO COLEGA
AUN cuando el destino del futuro traductor sea dedicarse a la traducción de manuales técnicos y documentos legales exclusivamente, el entrenamiento en la traducción de literatura es fundamental para que el estudiante detecte y se valga de estrategias eficaces de redacción que le serán útiles para todos los texto. Traducir literatura supone la incorporación de recursos técnicos formales indispensables para el futuro profesional, así como también, por otra parte, el estudiante tiene la oportunidad de ensayar su propio perfil escriturario y,  con todo, ejercitar la reformulación. Esta última habilidad resulta cada vez más importante a la hora de marcar la diferencia o complementar la traducción automática. La reformulación, el volver a decir lo mismo con otras palabras y (posiblemente) en otro orden, ayuda a resistir la tentación constante de calcar estructuras que se tornan poco espontáneas o hasta erróneas y resultan en una lectura tediosa o forzada en la lengua de destino.

Pero además de las ventajas prácticas de trabajar en traducción literaria, los géneros literarios suelen contar con un valor agregado: la ficción tiene el poder de despertar la imaginación y la curiosidad del traductor en potencia; suele invitar al espíritu a la introspección y hasta puede iniciarlo en el camino de la propia escritura (si no escribía de antemano). La traducción de un texto literario—aun la de aquel que a simple vista disgusta y resulta poco atractivo—exige la puesta en marcha de una serie de destrezas cognitivas que, si bien pueden ser convocadas por otros textos, la literatura reclama constantemente, pues sumada a la prevalencia de la función poética, la literatura congrega saberes que trascienden las fronteras de lo meramente racional, lingüístico, purista y real. 

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H oy celebramos una práctica que devino en carrera que devino en profesión. Ojalá con los años la figura del traductor logre reivindicar su obra de buena fe, su ética profesional y gane el reconocimiento que siempre ha merecido. Formar a quienes creen en el futuro de esta profesión es un orgullo, conlleva esfuerzo y tiempo pero otorga inmensas satisfacciones que hacen que cada rato dedicado a ellas valga la pena. ¡Feliz día colegas, y feliz día a todos los traductores en potencia! ◘ ◘ ◘ 


*El estar presente en el vivo de la situación en que surgen esta clase de consultas—a veces quejas, a veces acusaciones, otras generalizaciones—no siempre permite mantener la entereza y pensar "Y bueno, es que hablan sin saber". Cuando la cosa se pone tajante, cuando se juzga desde la ignorancia, la desactualización o la mera condena... ... ... ... ... En fin, hay maneras de intentar hacer ver al otro el punto de vista propio, y ya cuando uno les dice "Yo soy traductora, y me parece que..." algunos empalidecen. Otros ni se inmutan,  pero aunque la conversación no siempre resulte en una ampliación de perspectiva, intentarlo no es en vano.

ACKNOWLEDGEMENTS

ALGUNAS 
PERSONALIDADES
del  CAMPO  y  ÁREAS  AFINES que HAN INSPIRADO  INSPIRAN a FUTUROS TRADUCTORES  y  COLEGAS


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24 enero 2012

NOTA AL BLOG

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Reflexiones de un blogger después de mucho tiempo de no "bloggear"
He estado esperando este momento desde que volví de mis vacaciones en el mar.

No suelo forzar mi arte (¡no intento sonar pedante aquí!); me da la sensación de que si se la fuerza, la escritura puede llegar a perder algo de su tinte artístico. Justo hablábamos de este tema con Anita de Dostoievsky (el seudónimo le sienta muy bien) el pasado viernes 20 de enero. Hablábamos sobre los efectos que produce en la conciencia, el espíritu y el propio oficio el obligarse a escribir unas cuantas líneas sobre algo que se desprecia o cuando no se tienen ganas...

Pero ayer me volvieron las ganas de publicar una nota para mi querido De Artículos y Revisiones, y como no tenía la computadora a mano, redacté estas líneas en el borrador que ahora estoy tipeando.

Supongo que, como en el caso de este blog, sigo sin depender de un editor gráfico para publicar, todavía puedo darme el lujo de esperar a hacerlo sólo cuando las ganas venzan la fatiga, o bien cuando las ideas vengan a mí en vez de ir yo tras ellas, especulando sobre cuántas podré cazar para así lograr cerrar con moño y todo la nota que enviaré a un tercero.

Contar con un blog como principal fuente de publicación tiene sus ventajas, sobre todo si quien publica es también quien revisa los textos y quien decide cuándo y qué quiere publicar. El oficio del blogger que es a la vez escritor, revisor, corrector y jefe de redacción es fascinante pero puede llegar a ser peligroso; en fin, es casi un arma de doble filo. Es verdad que si soy todos en uno nadie me apura para tener lista una nota; nadie me envía una guía de estilo a la cual me tengo que acatar, ni me sugiere un tema sin escapatoria. Pero a la vez lanzarse a escribir un blog en la Web 2.0 no es tan fácil. No basta con tener las ganas; hay que trabajar periódicamente para mantener viva la llama. Implica tenacidad y esfuerzo, y sobre todo una verdadera vocación por lo que sea que se convierta en el contenido del blog propio. Si no, todo puede acabar en un par de entradas breves, comentadas al principio pero abandonadas ante la falta de continuidad del que escribe. Se cae en el ocio perpetuo, y chau proyecto de blog. 

Por lo general, no le temo a ese abismo que suele acecharnos a nosotros los bloggers. Ya me conozco y sé que siempre tengo algo que decir sobre tal o cual tema. Siempre habrá algún seminario que recapitular, una novela o un film por criticar, o una nota reflexiva sobre mi profesión que no puedo dejar de publicar en De Artículos y Revisiones. Pero si bien no le tengo miedo al desgano, a veces soy víctima de él. ¿Y quién no, si estamos en pleno enero todavía?

Había relegado el periodismo durante un mes y algunos días hacia diciembre porque quería terminar mi preciada novela de setenta y pico de capítulos en inglés, y también porque me estaba por tomar mis merecidas vacaciones. 

Pero a la vuelta sentí un vacío con respecto a mi blog, si bien la revisión de la novela aún está en marcha. Tengo que retomarlo, me decía, volver a escribir en español cuanto antes. 

Hasta me sorprendió el comentario de una compañera de la carrera de Letras, quien entusiasta pero algo extrañada reclamaba por una próxima entrega. Muy bien. Confieso que sucumbí en la tentación de prolongar mi ocio respecto al blog. Me convencí de que lo merecía, y no estoy segura de arrepentirme. Creo en la variedad, en el placer de los surtidos (no sólo Bagley) y en la necesidad de desprenderse de la rutina siquiera una vez al año.


http://chrisabraham.com
Pasado el momento de recrearse, aún nada venía a mí como para que sintiera esa adrenalina que me suele invitar a escribir. Nada llamaba mi atención lo suficiente como para retomar De Artículos y Revisiones. Además, estaba centrada en otros proyectos y me quedaban pocas ganas de dejarme llevar por alguna controversia actual que me diera de qué hablar aquí...

Cuando empecé con De Artículos y Revisiones en mayo de 2009, lo hice por dos motivos: primero, quería retarme a mantener con constancia una publicación virtual que condensara mi afán por ejercer el periodismo gráfico; segundo, mis trabajos en ficción eran cada vez más en inglés, y de alguna manera no conseguía escribir tan seguido en español como hubiera querido. Estaba cursando mi segundo año de Traductorado de Inglés, y consciente de la necesidad de aumentar la fluidez y la proficiencia en ambos idiomas, la lengua materna y la extranjera, me desafié a tener un sitio para el cual escribir. Desde entonces, vengo trabajando en equipo conmigo mismo, manteniendo mi propia editorial, gozando del derecho de libre expresión sin ofender a terceros.

Y ahí está el arma de doble filo: hay libertad en la elección del tema, en la extensión de las publicaciones... Pero también hay libertad en la constancia con la que se publica. Y esta es una de las razones principales por la que mucha gente a la que invito a abrir su propio blog me mira con desazón y me dice en tono informal pero honesto, "No, gracias. Soy re colgada/o".

Hay tantos blogs interesantes dando vueltas por la Web. Sin embargo, muchos están desactualizados. Muchos me sitios con los que me topo por casualidad resultan decepcionantes: están muertos, lucen la apariencia del acabado; están desnudos o la última publicación data de hace tres años atrás. O más.

Jamás pensé que esto le pueda pasar a De Artículos y Revisiones. No es mi idea. Si alguna vez decido por X razón dejar de publicar aquí, entonces anularé el blog, recogeré mis escritos y quedará completamente vacío, anulado con un mensaje claro que evidencie que no es un zombi, no es un muerto vivo: simplemente, ya no existe más. Los blogs a medio hacer, los paralizados, me dan pena. Me deprimen. Dan una mala imagen de los bloggers en general y me desagradan por eso.

Algunos lectores me cuentan que mi blog les resulta demasiado variado. Yo siempre preferí la variedad, así que no me apabulla la crítica. Pero reconozco que para el usuario que recién llega, que me conoce poco o que no me leyó nunca, quizás encuentre a mi De Artículos y Revisiones algo abrumador. Además, cualquiera podría pensar que si escribo sobre tantos temas, y tantas ramas diferentes del quehacer humano, seguramente es porque conozco, en realidad, muy poco de cada una de ellas. "El que mucho abarca, poco aprieta", como se suele decir. A otros les apetece seguir leyéndome precisamente porque no me circunscribo a un sólo campo y porque así pueden elegir desde qué ángulo leerme.

Por lo pronto, pocas veces me animo a revisarme. Dejo que mis notas sean espontáneas en la mayoría de los casos en que escribo para De Artículos y Revisiones. De vez en cuando atisbo algo de informalidad como ahora para salirme del círculo prestigioso de los seminarios, cursos y ensayos; o bien para entrar en calor, como es el caso, después de un breve receso.

No sé cuáles son las estadísticas exactas al respecto, si gusta más o gusta menos que mi blog cuente con tantas secciones. En lo personal me gusta que mi blog se vea casi como el portal de un diario y cuente con la mayoría de las secciones que incluiría yo en el mío, si fuese jefa de redacción o algo por el estilo. De cualquier forma siempre me da placer y no deja de sorprenderme escuchar a alguien mencionar mi blog, criticarlo, comentarme qué le gustó y qué no. Como estoy acostumbrada a escribir para mí misma desde los doce, todavía no llego a ser consciente de que cuando publico en De Artículos y Revisiones y reenvío el enlace que contiene una nueva entrada a mi prestigiosa élite de lectores, alguien, en definitiva, siempre acaba por leerme. O en fragmentos o en la totalidad de mis notas. Que son largas, en su mayoría.

Pff... Cuánto que escribí, ¡y qué poco que dije! En síntesis: aclaré que estuve de vacaciones y por eso no escribo hace bastante; me tomé el trabajo de despotricar contra los pobres usuarios más ocupados que yo que no encuentran tiempo e inspiración para seguir con sus blogs; informé sobre algunas de las críticas que recibí el año pasado sobre mi sitio y hablé en voz alta sobre lo que implica ser un freelancer en materia de blogs. Diecisiete párrafos; cuatro ideas centrales. Creo que acabo de darme el lujo, una vez más, de aprovechar los recursos de la Web 2.0 y su espacio gráfico cuasi ilimitado. Estoy tranquila.

Para dejar tranquilos a los equilibristas (dudo de que hayan llegado hasta este párrafo los defensores del esqueleto de redacción tradicional), voy a aclarar que la introducción no existe en este texto. Voy a omitir rotular a alguno de los párrafos anteriores como tal, pues uno sólo no me satisface. Y además, como estoy dejando fluir mi consciencia— y en parte también mi inconsciente— me gustaría pensar en esta nota como sólo cuerpo, todo uno. Me siento casi Virginia Woolf por darme el gusto, pero aún no planifico llegar al Paraná para cometer un heroico acto de suicidio así que no, en efecto no soy ella.

UNA Brontë EN MI SOPA
Reminiscencias a partir de El Profesor y las hermanas Brontë...

El Profesor,
de Charlotte Brontë.
El propósito de esta nota era recomendar el volumen que ocupó algunos de mis días durante este enero. Se trata de El Profesor, de Charlotte Brontë.

La verdad es que desconocía la narrativa de Charlotte Brontë. Tenía presente a su Jane Eyre por haber visto una adaptación teatral hace unos años, pero nunca la había leído. 

En general, las hermanas Brontë siempre me cayeron mal por venir de a tres. Es más, siempre procuré mantener distancia de sus obras por un prejuicio que lejos de avergonzarme me enorgullecía, y también porque consideraba que si eran capaces de menospreciar la obra de Jane Austen, mi autora favorita, entonces no merecían mi aprobación.

Hace dos años me topé con el título Agnes Grey en una librería y me lo traje a casa a pesar de que era de una Brontë, de Anne. Había echado un vistazo al estilo y estaba satisfecha porque no distaba en tema y registro de la redacción de Austen. Desde entonces, cada vez que recomendé Agnes Grey lo hice más por sus similitudes con Jane Austen que por mérito propio de la autora.

Cuando alguien recomendaba Cumbres Borrascosas en el Traductorado me hacía la indiferente (todavía le soy indiferente). Cuando me prestaron Jane Eyre en Letras el año pasado entregué Washington Square de James a cambio, pero no me sentí obligada a leer Jane Eyre y lo devolví intacto, sin vergüenza. A esta altura se podría deducir que soy una lectora bastante caprichosa, y hasta algo rebelde. La verdad es que casi nunca me guío por un libro que me recomiendan, más bien me dejo llevar por el instinto. A la hora de elegir qué leer, elijo según mi propia intuición.

Llegué a Charlotte porque hace unos días me acerqué a mi biblioteca a contemplar con culpa los libros que llevo comprados pero que aún no leí. Como mujer soy más peligrosa con los libros que con la ropa a la hora de comprar. Entre otros títulos se encontraban— se encuentran— Estío de Edith Wharton, Las Alas de la Paloma de Henry James... Y también El Profesor. Decidida, tomé El Profesor. Me dije que si una Brontë había pasado mis pruebas sin fundamento, su hermana no podría ser tan aburrida. 

Ja, ¡como si el parentesco tuviera algo que ver con el estilo! No importa. La cuestión era encontrar una excusa para leer el libro, porque de todos modos formaba parte de mi biblioteca hacía algunos años. Y es de hipócritas o desganados tener en su biblioteca un libro que nunca leyeron ni piensan leer. Es para mí como ponderar la modestia cuando se derrocha soberbia y se es un avaro.

En fin, al principio casi no podía leerla a la pobre Charlottë. Qué densa, pensaba. Encima la estaba leyendo en español, no en inglés, y tenía que lidiar con algunas cuestiones de traducción que adivinaba eran el resultado de algún descuido a partir del original. Empecé a saltearme algunas descripciones. Yo no sé por qué se esmeró tanto en describir lugares. Reservar un poco para la imaginación del lector nunca está mal, me decía, pero ésta te cuenta hasta de qué color era el broche del zapato del vecino de la casa de al lado. Que ni siquiera era propiedad del protagonista, era siempre rentada.

Rara vez me obligo a seguir leyendo. Como dí a entender ya detesto la hipocresía y no pretendo ejercerla más a menudo en la lectura de lo que la practico en la vida real. (Para mí la lectura y la vida real son dos mundos diferentes, que a veces se intersecan, pero diferentes). Sabía que si no seguía leyendo a Charlotte Brontë, El Profesor se convertiría en uno más de los tantos libros que cuento en mi haber de aquellos que devolví sin haber pasado de la primera página en su lectura. Mi consuelo sería el mismo de siempre: que lo que no se lee aquí, se lee allá, porque la literatura es como las ruinas circulares de Borges y después de todo  esquivar a determinado autor no implica esquivar sus tópicos. Pero insistí; me insté a seguir leyendo con la esperanza de ver el título del libro reflejarse en la temática más adelante.

Toleré algunos capítulos tediosos, pero el libro en su conjunto me gustó mucho. La vida del protagonista se torna más interesante pasados los primeros seis o siete capítulos. Esto fue lo que me determinó a seguir, recién allí me interesó la novela.

Por un lado la recomiendo porque creo que es bastante realista y puede hacernos sentir identificados a todos los seres humanos que alguna vez tuvimos que lidiar con diez mil obstáculos antes de lograr nuestro cometido. Ya este me parece un tema universal atractivo. El Profesor retrata la viva imagen de un hombre honrado que persigue procurarse sus propios medios para subsistir después de romper lazos con quienes venían sustentando su vida y su formación académica. De un día para el otro se queda sin techo, sin dinero ni contactos, y es consciente de que para conseguir empleo está dispuesto a sacrificarlo todo, aún su dignidad, con tal de poder ganarse el pan como recompensa de su trabajo. El egresado de Eton que se convierte en esclavo de su hermano, su patrón, en una fábrica, acaba por descubrir que su verdadera vocación radica en la docencia, a la cual arriba por fuerza de las circunstancias más que por elección personal.

La novela está repleta de alusiones a los vaivenes de la vida, a la necesidad de apelar a la perseverancia en los tiempos más difíciles y al ser obstinados. Creo que es la lectura ideal para el que se siente cansado de esperar recoger los frutos de un esfuerzo pasado pero constante. Al principio los diálogos son escasos, abundan las descripciones, y esto puede afligir al lector ansioso de los tiempos que corren. Pero si se le da una segunda oportunidad al libro; si el lector se deja llevar por el tempo de la redacción, Charlotte Brontë llega a tener el esperado efecto de un bálsamo para quienes venimos de correr y correr y perseguimos la paz al sentarnos a leer.

Por último (es increíble, pero estoy terminando ya), me falta recomendar mi proceder para con el libro y su autora. No es que me esté felicitando, no. Tan sólo me estoy examinando. Tuve que reconocer que Charlotte Brontë no es mala escritora (y este mala es mi mala, cada uno la evaluará a su juicio). Por haber leído El Profesor, ahora sé que no es la autora de Cumbres Borrascosas, y que si Anne y Charlotte me agradaron, puedo elegir seguir leyendo sus obras, y seguir distanciada de Emily. Deshice el comdo de 3 x 1 que tanto me desagradaba para poner fin al prejuicio y ver por mis propios medios. Le rehuía a las Brontë porque son bastante populares, casi masivas. Pero ahora que leí El Profesor estoy satisfecha con la obra, y no me importa si es la más popular de Charlotte, la menos pulcra o la más criticada. La leí por casualidad, porque la encontré reposando en el estante primero de mi biblioteca y acabó gustándome por una causa: el tema tratado me parece muy noble, me siento identificada con él, y el estilo no me molesta del todo.

De chica rechazaba el lemon pie casero de mi mamá. Decía que no me gustaba, si bien nunca lo había probado y era el postre preferido de toda la familia. Un día en mi adolescencia lo probé. Ahora que me encanta, el lemon pie es un motivo más de discordia entre mi hermano y yo cuando mi mamá prepara uno en casa. No me pasó exactamente lo mismo con Charlotte Brontë, pero la anécdota es parecida. No me fascina, no es uno de mis autores preferidos: sin embargo, la sé valorar, la puedo leer tranquila y podría criticarla si quisiera, independientemente de sus hermanas y de sus obras. En fin, me llevé una sorpresa con El Profesor, pero ahora ya no me sorprende que dedique mi tiempo y mi espacio a recomendarlo. Es un buen libro. Y estoy orgullosa de que forme parte activa de mi biblioteca. ◘ ◘ ◘